
- Entonces, ¿cómo podemos saber
que esto no es un sueño? —decía Ana.
Yo me sentí ridículo. Le había
dicho tantas veces "eso lo habrás soñado" que ahora no tenía
respuesta para mi fracaso.
Desnuda, resbaló por las sábanas
y acercó su mirada hacia mi entrepierna. Sonrió sin ganas y buscó su ropa para
marcharse.
Sonrojado, busqué una salida en forma
de cuento. Agarré su mano, atrapé sus caderas y susurré en su oído.
- ¿Puedes sentirlo?
- Sí. - Contestó indiferente.
- Entonces no es un sueño.
Apartó mis manos con vehemencia y
se vistió deprisa para dejar un portazo entre su voz y el taconeo intenso que
anunciaba su despedida.
-
Claro que no, ha sido una pesadilla.