jueves, 27 de noviembre de 2014

Una sonrisa

- He visto como las flores extendían pétalos de color, he visto noches estrelladas y cimas blancas reflejándose en el sol. He visto todo lo más bello pero aún no te he visto sonreír.
- Yo tampoco te he escuchado nunca decirme que me odias.
- Te odio.

Entonces ella sonrió.

- Te quiero. - Dijo él mientras las flores se secaban, las estrellas se apagaban y las nieves se derretían para no regresar jamás.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Un agujero en la pared

El agujero de la pared era redondo, pequeño y con marcas agrietadas alrededor. La estancia era blanca, silenciosa y fría. La cama era dura e incómoda. El suelo estaba gélido y los pies descalzos emitían un sonido casi imperceptible cada vez que se levantaba para buscar el bacín sobre la mesilla de madera. En el alféizar de la ventana se había posado un pájaro. No podía verlo porque la ventana estaba demasiado alta, pero podía escuchar el traqueteo de su pico contra el cristal.

Infeliz de él, ignoraba los peligros que acechaban a este lado del cristal. De vez en cuando, el jefe entraba con algún sicario y le ordenaba un castigo que nunca había merecido. Le tomaban por chivato, pero no era más que un eslabon más en la cadena de errores. Decían que la organización había caído, pero él sabía que no era así. Volvió a mirar el agujero. Era redondo, el tamaño perfecto de un proyectil de nueve milímetros. Llevaba alli varios días, como una amenaza constante sobre su cogote. Mira lo que seríamos capaces de hacerte si no eres bueno. Pero no le dejaban serlo.

La puerta emitió un sonido chirriante al abrirse. Entraron dos hombres. Los conocía de sobra. Uno era el de la cicatriz, el otro el de las cejas pobladas. Eran fuertes y robustos. No les hizo mucha gracia encontrarse la habitación patas arriba; el colchón en el suelo, la mesilla desconchada, el bacín derramado por el suelo. Lo adivinó en sus gestos de fastidio. Volvieron a tomarle por los hombros; él era bajito, escuálido y estaba débil. No les resultó difícil reducirle. Le sentaron en una camilla, le ataron de pies y manos y le condujeron a la sala de castigo. Sabía lo que allí le esperaba. Pero no iba a decir ni pío. Si acaso, como el pájaro que traqueteaba contra el cristal, se dedicaría a guardar silencio y desgastar el metal de la camilla con sus uñas afiladas.

Los enfermeros ataron fuerte las correas y le condujeron a la habitación acolchada. "Es una pena que un hombre tan brillante termine de una manera tan trágica". Comentó uno de ellos en voz baja. Desde el pasillo se escucharon pasos. Un hombre con una gorra y un mono de trabajo entró en la habitación. Portaba una escalera que utilizó para tapar con emplaste el agujero que el enfermo había hecho rascando el yeso con la uña.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Descalzos


Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. Todo había sucedido tan rápido que aún me dolía más el orgullo que mis propios pies. Atrás habían quedado una apuesta y un puñado de cardos desparramados por el suelo. Quise hacerme el valiente y reté con mis palabras al chico más alto de la clase; "quien aguante más tiempo caminando descalzo sobre los cardos se queda con la chica". Ella había aceptado con la mirada y yo no pude aceptar las leyes del dolor. Ni siquiera pude recordar que llevaba todo el curso queriendo besarla. Me retiré y mientras el dolor me impedía volver a calzarme los zapatos nuevos, las lágrimas no me impidieron ver como él se quedaba con la chica y yo me quedaba con mi cara de tonto.