
Intentó conciliar el sueño pero el aroma de los días felices seguía machacando su realidad. Intentó saciar su sed pero hasta el agua más pura caía amarga hacia su garganta. No había paso hacia adelante que lo aliviase ni marcha atrás que le permitiese pedir perdón. Ella no estaba y él, sentado, desnudo, sobre la silla del despacho, tanteó la pistola para poner fin a todo aquel sufrimiento.
Fue entonces cuando escuchó el llanto. Allí estaba la inocencia, el pequeño cuerpo que ella le había regalado. El motivo para seguir hacia adelante ¿Cómo? Sería difícil, pero siempre había un motivo para no decepcionar una promesa. Guardó el arma y acurrucó al bebé entre sus brazos. Percibió vida en sus susurros; la misma vida que se había ido por la cuneta un par de días atrás.
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