
"Es una gran empresa", le decían sus allegados, mitad consejo, mitad indagación en su vida. Quiso creer que el tiempo le otorgaría un puesto más acorde a su valía y creyó haber subido un peldaño el día que le contrataron para el departamento de contabilidad. Cambió la fotocopiadora por el programa contable y el café por las prisas para entregar los balances. Como en su filosofía no encajaba el término defraudar, se convirtió en el más eficiente contable de la empresa lo que le valió un contrato fijo y una pequeña subida de sueldo.
Con los años dejó de peinar su frente y comenzó a gastarse una pequeña parte de su salario en cremas antiarrugas. Los antidepresivos le ayudaban a superar su jornada diaria y en su conciencia retumbaban las dudas sobre lo debió haber hecho mal durante todos aquellos años. Los mismos que dejaban su puesto de trabajo para disfrutar de cafés interminables, los que se marchaban a casa media hora antes cada día, los que nunca entregaban a tiempo los informes y los que dedicaban gran parte de la jornada a mandarse chorradas por el correo electrónico, eran ahora sus jefes y él continuaba cada mañana, puntual como un reloj, sacándoles el trabajo y preguntándose por qué narices seguía teniendo la conciencia tranquila.
2 comentarios:
Un pringao en toda regla, pero pobrecillo no? Los jefes siempre serán unos capullos y los pringaos unos pardillos...mejor no estar en ninguno de los dos grupos.
besotes nnin
Los inicios nunca son fáciles, pero cuando todo empieza a ir mejor en el plano laboral, te puede pasar lo que a este tipo que no tenía mas vida que el trabajo, por ser tan eficiente. Si es que als cosas tienen que tener su justa medida.
Todos somos un poco pringaos!!
Bess
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