
Los padres acudieron prestos en cuanto fueron conscientes de la situación. El padre de él le sujetó por la espalda, el de ella lo hizo de frente, y les protegieron de la lluvia con sus brazos fuertes. Apenas se dijeron adiós con la mirada y continuaron corriendo. Pero ya se habían mirado. Un instante mágico en el que cruzaron la vista y se detuvieron en sus pupilas. Un segundo, una vida. Tenían doce años.
Han pasado treinta y ella camina apesadumbrada por una calle tan negruzca como su pensamiento. No tiene trabajo, ni expectativas, ni una vida en común con nadie. El cielo ha tornado en gris oscuro y el viento ha comenzado a soplar, casi con violencia. De repente, una gota invade su cara y se da cuenta de que debe buscar un cobijo. No hay nada más allá de coches y locales comerciales, la mayoría cerrados por culpa de la crisis. Los truenos comienzan a ser aterradores y los destellos pintan el cielo de ceremonia. De repente vuelve a caer. Un tropiezo tonto, una herida leve bajo el pantalón. El tipo que la ha visto desde la ventana sale por la puerta y le ofrece su mano. En ese momento, un rayo vuelve a caer, a plomo, sobre sus cabezas. Un tirón, un resguardo junto a la pared y una mirada. De nuevo una mirada. Una vez más, desatada la tormenta, ambos se habían dado cuenta de que no es la primera vez que se veían. Y entonces, sólo entonces, se terminaron de dar cuenta de que tampoco sería la última.