El olor del cocido recién terminado inunda la casa, es
sábado al mediodía y tres platos de sopa humean en la mesa mientras la madre llama
al hijo y esperan el sonido de las llaves abriendo la puerta de entrada. El
padre es tan puntual para marcharse como para regresar. Cada sábado baja al bar
a tomar café y termina la mañana bebiendo cerveza y jugando una partida de mus.
El chico, que ya ha dormido en tensión después de la noticia de anoche, espera
a que su padre rompa el silencio y le diga de una vez qué es lo que piensa.
Pero la sopa no viene con reproches y, esta vez, las cervezas no vienen con
gruñidos. Ha regresado con su ritual de siempre y no ha abierto la boca mientras
se sentaba a la mesa para la comida de los sábados en familia. Es el único día
de la semana que puede disfrutar de los suyos y aún no sabe qué tiene que decir.
Mañana vendrán sus cuñados para comerse la paella y hablarán de lo necesario
que es el partido de ultraderecha al que votarán todos de nuevo en las próximas
elecciones. Y el chico guardará silencio cuando le pregunten por sus novias y
no les contará que en realidad es homosexual. Y él apretará los puños, como
hace ahora, y encenderá la garganta. Pero cuando levanta la mano descubre el
miedo en la mirada de su hijo y una súplica en el rostro de su mujer. Los
dedos, juguetones, alborotan el pelo del chaval y su frase le aconseja visitar
al peluquero. Se sirve un plato de garbanzos y sigue comiendo en silencio. Las
cosas son como son y lo importante es que siga habiendo un cocido en la mesa
cada sábado al mediodía.
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Hace 1 semana