Nos dejaron sin
magdalenas antes de las diez y a las doce ya no quedaba ni agua. El intendente
del
supermercado cerró las puertas y nos metió, uno a uno, dentro del almacén.
Nos ordenó callar y salir por la puerta de antes de regresar a las estanterías
y recoger el último paquete de galletas. Afuera, la gente seguía aporreando la
puerta. Algunos querían más, los menos, sólo querían ver arder aquel imperio de
explotación. Nosotros queríamos matar al tipo que nos estaba dejando sin
trabajo, pero cuando encontramos la soga, ya había gente dentro que lo
transportaba en volandas.
A seguir viendo la
tele mientras me peleo con el pantalón, a seguir escuchando el ruido de la
calle mientras limpio la entrepierna. A volver a ser nadie mientras la tele
está encendida, el mundo gira y ella está en un lugar perdido en el mundo
aunque aún no se haya marchado de mi memoria.
Hoy tampoco encontré
trabajo a pesar de que hice todos mis esfuerzos por parecer una persona normal.
Dicen que mi currículum es excelente pero mi actitud es mejorable. He tenido
otro par de entrevistas y no he podido evitar los chistes malos. Uno me lo puso
a huevo con el cinco y el otro con el teto. De vuelta a casa me río sólo. Witzelsucht lo
llaman. Se lo intento explicar al ladrón que me asalta por la espalda y me pide
que levante las palmas. “Equis”, le digo. No sé si me duele más la navaja en
las costillas o no llegar a tiempo para contar aquello de que eran dos y se
cayó el del medio.