viernes, 17 de julio de 2015

Un tal Espartaco

Los hombres hablaban de un tal Espartaco y en los corrillos de la antesala se susurraban unos a otros sus fantasías de rebelión. Decían que aquel hombre había puesto en jaque al imperio y que sólo la traición le había impedido ser un hombre libre. Las hazañas corrían de boca en boca y los legionarios, de vez en cuando, colgaban de un árbol a quien se atreviese a desafiar a la curia con la mirada.

Quería no tener miedo. Quería saber cómo empuñar la espada, enfrentarse a las bestias y salir victorioso. Quería ver el dedo del emperador señalando hacia arriba; la amnistía regalada gracias a su valor. Pero le temblaban las piernas, le costaba respirar y sentía como el orín iba resbalando por su pierna hasta formar un pequeño charco de barro sobre la arena. Los hombres que hablaban de un tal Espartaco jamás hablarían de él.

Se abrió la puerta. El insensible quejido de los hierros mientras la luz iba apagando la sombra del umbral, le hizo pensar en lo difícil que sería el final. Ningún final es fácil, menos si no es feliz. Aquellos últimos minutos los dedicó a pensar en su infausta vida. Sólo había sabido ser esclavo. No dejaba a nadie. Nadie lloraría por él. Bajó el acero y se dejó devorar. Dolió bastante, pero sólo al principio. Mientras agonizaba supo que aquel final, al fin y al cabo, fue el mismo que tuvo el tal Espartaco. Todos mueren, de una u otra manera.

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