
- El día que llueva te pediré en matrimonio.
Y María lloró en silencio porque sabía que aquello era una burla a su inteligencia, porque sabía que en aquella frase había más desprecio que compasión, más desilusión que aplomo.
Diez años parecían ahora una losa. Aquellos felices catorce, cuando jugaban a perseguirse en el patio del colegio, aquellos felices veinte cuando se contaban confidencias al oído y estos tristes veinticuatro cuando le había hecho saber que para ella era algo más que un amigo.
Y de repente, la frase. Y, de repente, el silencio.
Y de repente, empezó a llover.
Y de repente él se dejó caer por el precipicio. Y la lluvia tornó la tierra en barro, las lágrimas en mares y las promesas en condenas. Y el deseo se convirtió en condena.Y el recuerdo se convirtió en una losa.