martes, 19 de julio de 2016

Agua

Me quejaba de las tormentas. Gruñía cuando me levantaba y observaba ese cielo nublado que me ensombrecía las intenciones. Protestaba cada vez que tenía que echar mano del paraguas y caminar con la mano alzada para evitar empaparme el traje. Me molestaba tener que esquivar charcos y sentir el agua calarse bajo el calcetín mientras el frío calaba mis pies y me hacía temblar aterido. Me enfurecía llegar a casa y correr hacia la ducha para sentir el agua caliente mientras la ropa sucia se acumulaba sobre el suelo mientras formaba un charco de insulsa fealdad.

Me quejaba del equipaje. No me cabía en la cabeza que tuviésemos que necesitar tres mochilas para emprender un viaje de dos semanas por África. Una mochila para la ropa, otra para los enseres y la última para el agua. Maldita agua, yo pensaba que no escasearía y me di un festín en los primeros días. Hacía calor. Y humedad. Y terminábamos agotados. Nadie podía prever que la avioneta que habría de llevarnos a cruzar la frontera sufriera esa maldita avería. Ni que sería el único superviviente en un viaje de tres personas, incluído el piloto.

Me quejaba de los lagos cuando estábamos en el norte. Me quejaba de aquellos fangos que había que sortear, de aquellas charcas interminables que había que pasar en coche mietras las salpicaduras de barro pintaban mi cara de lunares incoherentes. Me quejé tantas veces que ahora miro atrás y maldigo mi suerte. "Ten cuidado con lo que deseas, pues algún día se puede cumplir", me dijeron una vez. Desee no más tormentas, no más bultos en mi espalda y no más charcos en el suelo. Desee no más agua y ahora que muero de sed mientras trato de soñar con que alguien me encuentre en este desierto de interminable arena, deseo haberme cortado la lengua y haber cercenado mi pensamiento. Necesito agua y la repudié. Necesito vida y yo mismo me la bebí.

martes, 21 de junio de 2016

Por fin quietas


“Por fin quietas”, susurré aliviado mientras observaba a las ancianas muertas. Hacía mucho tiempo que se reunían para molestarme con aquel alfabeto pintado en una tabla. Tuve que recurrir al manual y aprender a desenganchar aquella goma para que la estufa de gas hiciese el resto. Me arrepentí al instante. Apenas me había acomodado en el cuarto cuando una de ellas entró para interrumpir mi descanso. “¡Cariño, cuánto tiempo! ¿Qué haces todavía en la cama?”. Otra vez la pesadilla. Y ahora volvía para quedarse eternamente. O me entendió mal en su día o no quiso leer mi nota de suicidio.

martes, 31 de mayo de 2016

A dos palmos del suelo

La vida no es fácil para alguien tan bajito como yo. Mis amigos me dicen que vivo a dos palmos del suelo. Son unos cachondos. Me dicen que puedo hablar con las hormigas y que, cuando llueve, soy el último en enterarme. Lo cierto es que nunca me elegían para sus equipos de fútbol y mucho menos para los de baloncesto. Me lanzaban a la pista del baile para atraer la sonrisa de las chicas y cuando cada uno se quedaba con la suya yo permanecía allí, con cara de tonto y haciendo un show para cumplir con el expediente.

Un día fuimos al pantano y cuando vieron que el nivel del agua había bajado me señalaron diciendo que se le había salido el tapón. Otro día me regalaron una muñeca hinchable vestida de blancanieves diciéndome que echaba de menos a sus enanitos. Aunque peor fue el día que estuvieron gritando durante toda una tarde por la ciudad aquello de "¡Garbancito! ¿Dónde estás?", mientras yo permanecía a su lado muerto de vergüenza. Y también de ira.

Dicen que las venganzas se sirven frías. Un día, durante una fiesta, me escondí en el hueco del armario de la habitación de Nicolás. Nadie me echó de menos. Igual que nunca me echaban de más. Esperé a la noche y salí con sigilo. Abrí los armarios bajos de la cocina y esparcí la basura por el suelo. En el baño, abrí el grifo de la bañera y corrí a esconderme tras el sillón. Se levantó asustado. Cerró el grifo y corrió a la cocina, quien sabe si en busca de un cuchillo. Resbaló con la cáscara de un plátano y se abrió la cabeza. Todos acudieron a su funeral. Todos menos yo. No me echaron de menos. Ni yo les eché de más. Cuando volvieron a verme dejaron de hacer bromas. Ya no estaba Nicolás para azuzarles contra mi. Ni tapón, ni enanito, ni garbancito. Ya no hablo con las hormigas y me sigo mojando en las tormentas, aunque siga siendo el último en enterarme. Sigo sin jugar al fútbol y al baloncesto y he dejado de bailar. Y ahora, por fin, soy una persona.

martes, 3 de mayo de 2016

Muerto pero mío


“Muerto pero mío”. Le observé mientras jugaba con su peluche y atendía al muñeco que yacía en su regazo. Intenté reprenderle el comentario pero, temiendo entrometerme en su imaginación, lo achaqué a la edad y a las aficiones de su hermano mayor. Hacía un rato había estado llorando porque no le habíamos dejado jugar con el hámster. Miré hacia la jaula y la encontré vacía. Reparé, entonces, en que el peluche, inerte entre sus manos, no era su osito Toby. Tragué saliva cuando levantó la mirada y estiró la sonrisa. “Papá, quiero jugar contigo”. No pude decirle que no.

martes, 26 de abril de 2016

El coche

Podía estar paseando en un buen coche. Un Ferrari último modelo o quizá un Porsche de los ochenta. Un Aston Martin como los de James Bond o el destartalado DeLorean de Regreso al Futuro. Podría haberse comprado un escarabajo como aquel Herbie que conoció de niño mientras miraba embobado el viejo televisor en blanco y negro. A pesar de todos los sueños, no había podido pasar de aquel Renault doce heredado de su tío al que le fallaba el embrague en cada cambio de marcha.

Podía estar divisando el horizonte en una carretera junto a la costa azul, un atardecer de ensueño, una rubia en el asiento de al lado, una botella de champán esperando en la habitación de un hotel de Montecarlo. Podía estar viajando hacia los Alpes, para ultimar sus clases de esquí y descender en tromba sobre las pistas de algodón. O podía estar de viaje de negocios siendo un tipo interesante a quienes todos querrían escuchar. Pero no era más que un solitario empleado a tiempo parcial en una tienda de mascotas.

Podía estar a bordo del BMW que ahora mismo puede ver a través de su espejo retrovisor. Es un buen coche. Comparado con el suyo, un gran coche. El conductor no debe estar soñando lo mismo que él, debe ser un ejecutivo con prisa que se pega a la parte trasera y le da ráfagas de luz larga con violencia. Toca el pito, pero él sigue a lo suyo. El Ferrari, Mónaco, los negocios. Se evade lo justo para no darse cuenta de que el conductor del BMW ha iniciado una maniobra suicida. Le intenta adelantar a pesar de que un camión viene de frente, en el carril contrario.

Por un momento le hubiese gustado ser él. Conducir ese coche, vestir ese traje y llevar el pelo fijado con gomina. Pero ya no. Mientras mira de nuevo el retrovisor y observa como el caminó arrastra al BMW durante cientos de metros hasta que se pierden de vista, piensa que mejor se queda con su Renault doce y su vida de mierda como empleado a tiempo parcial en en una tienda de mascotas.

martes, 22 de marzo de 2016

La estación


Y nada más existió hasta el próximo tren. La gente, el bullicio, el mar de bufandas no significaban nada para él. Aquí una mano enguantada, allá una cabeza cubierta, pero ni rastro del anillo de oro y la melena negra. Se levantó del banco y buscó refugio en la cafetería. Por un momento vio un resplandor en el dedo de la morena que removía un café humeante, pero no descubrió nada en sus ojos ¿Por qué le seguía mirando? Se volvió hacia la puerta y derramó una gota de leche. Fuera hacía frío y dentro sonaba una canción de Serrat.

martes, 23 de febrero de 2016

Encerrado

Las cuatro paredes son inmensas. Pese a ello, debe ser una manera de ver el mundo que le ofrece la sugestión, puesto que otras veces, las más, le parece estar viviendo en el país más pequeño del mundo. Es un lugar medianamente habitable; un colchón confortable y un par de estanterías con libros. Bajo la cama, un orinal y en la pared del fondo una ventana con vistas al patio. Le gustaría estar un poco más allá, en una calle llena de amigos y parques donde fumar un pitillo a escondidas.

- Quien incumple las normas se ve obligado a cumplir su castigo. - Había sentenciado su carcelero.

Y él las ha incumplido todas. Malas compañías, malas acciones y un mar de lágrimas detrás de cada reproche. Podría haber tomado el camino correcto, buscar un trabajo donde le obligasen a llevar corbata y ganar mucho dinero. No en vano, había sido un estudiante brillante. Matrícula de honor y menciones varias. Pero había sido mucho más excitante el salirse de la norma, el buscar un gramo detrás de cada esquina, el frecuentar callejones de perdición.

Apenas le había llegado a tomar el pulso a la facultad. Le habían educado diciéndole que tenía que ser un gran ingeniero, pero a él aquello le aburría demasiado. Tenía diecinueve años y más deudas que réditos. Sintió una punzada de necesidad y golpeó la puerta con rabia.

Escuchó los pasos primero y la voz firme después.

- Has incumplido las normas. Vas a cumplir tu castigo.

Intentó el recurso de la súplica. Hace años, cuando incumplía normas y terminaba recluído, generalmente le funcionaba.

- ¡Mamá, por favor! ¡Déjame salir!

Gritó desesperado antes de comprobar como el silencio se convertía en su única respuesta y como con él se iban difuminando, de golpe, los últimos vestigios de su más añorada infancia.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Papá


Como tantas veces había hecho de niño me desperté al alba esperando el sonido de unos pasos. Cada mañana había un hombre que pasaba en silencio a la habitación y me arropaba antes de darme un beso. Recuerdo que le llamaba papá. Resulta curioso comprobar como de selectiva es la memoria, pero cada vez que me acuerdo de su rostro advierto que no se parece en nada al hombre que ahora duerme con mi madre.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Bum

Bum, bum.

Los cables tensos, el reloj programado, las coordenadas exactas. Las manos enguantadas tiemblan, el corazón late de manera intensa y produce un sonido dentro de su pecho que le impide concentrarse más allá de su propia excitación.

Bum, bum.

El último toque, el último click, el último suspiro. Y ver como se levanta, como las manos siguen temblando mientras, despacio, se va quitando los guantes para guardarlos en el bolsillo del gabán. Cree sentir las piernas, pero solamente lo cree porque es lo más parecido a un sueño que ha experimentado en su vida. La cabeza fuera de su sitio, la visión en el momento futuro, la respiración agitada, la mirada fija en el horizonte.

Bum, bum.

¿Cómo llegó hasta allí? Presa fácil. Pasado oscuro. Humillaciones, soledad, ganas de redescubrirse. Ganas de acabar con todo. Ganas de empezarlo todo.

Bum, bum.

Se aleja con pasos largos, rápidos, aunque inestables. Su cabeza duda entre la razón y el corazón. Regresar o seguir hacia adelante. El corazón en la garganta, la bilis en la tráquea, la descomposición en el estómago. La conciencia le puede, pero la necesidad le obliga. No sonríe. Llora.

¡Bum!

Todo vuela por los aires. Durante un par de segundos es incapaz de respirar. Cree no poder aguantar de pie, pero sigue caminando ajeno al espectáculo. Tras él, cientos de voces imploran al cielo. Y solamente acaba de empezar, piensa. Posiblemente, algunos de ellos, se estén acordando ahora del día en el que decidieron convertirle el centro de sus burlas. A veces es necesario que justos paguen por pecadores. Limpiar un cáncer, lo llama él. Quimioterapia. Los daños colaterales son inevitables.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Frente al espejo

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento, le pareció ver una sombra ¿O quizá era un reflejo? Sonó el teléfono y cuando fue a contestar comprobó que lo había dejado descolgado. Escuchó un murmullo en la habitación y vio la cama vacía. Sobre el estante del salón había dos trofeos; “Campeón del mundo”. Cerró los ojos y subió al ring. El aire zarandeó la barandilla del balcón y escuchó la campana. Se quitó la bata y golpeó el espejo. El rival se rompió en mil pedazos y apuró de un trago la botella de güisqui.