miércoles, 11 de abril de 2018

Qué desilusión


Aquella tarde, papá, regresó a la tumba entristecido. Cada primero de mes visitábamos el cementerio y le contábamos a mamá nuestras cosas. Desde que conoció a aquella otra mujer sonreía más de la cuenta. Le contaba lo bien que hacía las croquetas, lo que le gustaba viajar al pueblo y como dormía abrazado a él cada noche. “Todo igual que tú, cariño”. Pero aquella tarde el semblante estaba ensombrecido. Dejamos las flores y nos abrazamos. Me aparté unos metros y les dejé solos. “Apreté lo más fuerte que pude, cariño”, dijo. “Pero no supo morir como tú”. Suspiró. “Qué desilusión”.

martes, 3 de abril de 2018

Un mensaje de texto

El teléfono en la mesa. Las lágrimas en las mejillas, la sonrisa seca, los oídos sordos, la piel gastada. Un pie en la rodilla, una silla apartada, un paso hueco. Una tos lejana, una llave girando, un leve portazo, un adiós prematuro. Una bofetada sonora, un reproche certero, una maleta cerrada, un adiós repentino. Un mensaje de texto.

Un paso lento y anodino, unas ruedas sobre la acera, unos zapatos gastados, unas piernas cansadas. Una conciencia intranquila, un sueño cumplido, un esbozo de felicidad, una pasión apagada y otra llama encendida. Una habitación de hotel fría, un recuerdo caliente, una ropa interior abultada. Una ducha fría, un sueño caliente. 

Y allí donde se cruzan los caminos sobrevive el instinto de quien quiso culpar y no pudo, de quien pudo alarmar y no quiso. Atrás, donde ya no teléfono, ni lágrimas, ni sonrisa, ni oídos, ni piel, permanece encendida la mirada de recreo. Un teléfono vuelve a la mesa y las mejillas tornan color. La sonrisa se humedece, los sonidos son alegres y la piel es suave y tersa. Vuelve a abrir la puerta, vuelve a cerrar con mesura y esta vez saluda con encanto. Un beso, una palabra de amor y una maleta dispuesta a llenar el desorden de su habitación. Otro mensaje de texto. Otro amor. Otra vida.

lunes, 30 de octubre de 2017

La prisa


Y además nos hace daño porque tiene esa manía de correr mientras nos lleva de la mano al colegio. Nunca salimos tarde, pero ella se empeña una y otra vez en estar en la puerta a las ocho en punto. Hoy he girado otra vez la cabeza con disimulo y la he vuelto a ver con ese hombre. Hace tiempo que hablan durante un minuto y, después, cada uno se marcha por un lado. Luego llego a casa y siempre tengo que recoger la jeringuilla que hay encima de su cama. Ojalá papá vuelva pronto de comprar tabaco.

jueves, 6 de julio de 2017

El transistor

La primera vez que pisó la habitación tenía los ojos tapados. Le costó acostumbrarse a la penumbra, aprendió a contar los pasos, a establecer las rutinas, a orinar en un bacín desvencijado. A lo lejos, uno de los tipos de negro escuchaba un partido de fútbol en el transistor. Jugaba el Madrid y Manolo Lama cantaba un gol de Butragueño.

A medida que las esperanzas se apagaban se iba convirtiendo en esclavo de sus propias pesadillas. Nadie actuaba, nadie acechaba, nadie le daba buenas noticias. Un plato de cuchara a mediodía y un bocadillo al anochecer era el alimento que recibía. Nadie pagaba por él. Nadie pugnaba por su libertad. El transistor seguía retransmitiendo fútbol y Manolo Lama cantaba un gol de Raúl.

Había perdido la esperanza. Los pelos de la barba rozaban el pecho. Los pelos de la cabeza tocaban los hombros. Y entre ellos, hebras blancas, símbolo de impía vejez, asomaban tapizando el cabello de un claroscuro poco arrebatador. Había olvidado el color de la luna y creía recordar que el sol salía por el levante. Seguía sin obtener noticias y aquel viejo cuarto, ya desvencijado, se había convertido en el único salón de estar donde apaciguar sus pocas
notas de vida. Al fondo, como escondido por el recuerdo, seguía percibiendo el sonido del viejo transistor. Seguía habiendo partido y Manolo Lama cantaba un gol de Cristiano Ronaldo.

Aún no entendía por qué seguí allí con vida y por qué tenía que estar tanto tiempo escuchando goles del Real Madrid. La puerta, esa cortina de hierro que solamente se abría para dejar pasar a las dos comidas diarias, permanecía impasible, al final de la estancia, como un tormento inalterable que le hacía saber, hora tras hora, cuán larga era la condena. Fue en ese instante de pensamiento final, cuando creía querer acabar con todo, cuando por fin se abrió y le dejó un velo libre en el camino. Anduvo, al principio intranquilo, más tarde cauto y, por fin, presuroso, antes de pisar de nuevo la calle y dejarse cegar por una luna brillante. Atrás quedaba el cautiverio y el sonido del transistor. Era libre y Manolo Lama cantaba un gol de Messi.

lunes, 8 de mayo de 2017

Ajeno a la tormenta

Veo junto a su reloj unos números grabados en su piel. Sonríe ajeno a la tormenta mientras yo continúo sentado en el banco, mirándole, y dejando que el agua nos empape. Cero, uno, cero, tres, uno, dos. Él no sabe que sólo yo puedo verlos. Él no sabe que pronto aparecerá un dolor en el pecho. Como casi todos, no ha planificado el viaje. Ahoga un grito en mitad de una carcajada y sus ojos piden auxilio. Es uno de marzo de dos mil doce. Ha dejado de llover, me levanto del banco, cojo la guadaña y me acerco lentamente.

martes, 28 de marzo de 2017

El día que llueva

Llevaba tanto sin llover que había niños que no conocían el agua del cielo. Había adultos que dejaron de creer en milagros a medida que vieron como sus cosechas quedaban arrasadas por el calor impune. Los ancianos contaban historias de cuando la lluvia hacía crecer los ríos y las flores nacían en los vados. La gente, en general, había perdido la esperanza y en la roca del silencio, Julián y María se prometían medias verdades mientras intentaban dejar claro sus sentimientos.

- El día que llueva te pediré en matrimonio.

 Y María lloró en silencio porque sabía que aquello era una burla a su inteligencia, porque sabía que en aquella frase había más desprecio que compasión, más desilusión que aplomo.

Diez años parecían ahora una losa. Aquellos felices catorce, cuando jugaban a perseguirse en el patio del colegio, aquellos felices veinte cuando se contaban confidencias al oído y estos tristes veinticuatro cuando le había hecho saber que para ella era algo más que un amigo.

Y de repente, la frase. Y, de repente, el silencio.

Y de repente, empezó a llover.

Y de repente él se dejó caer por el precipicio. Y la lluvia tornó la tierra en barro, las lágrimas en mares y las promesas en condenas. Y el deseo se convirtió en condena.Y el recuerdo se convirtió en una losa.

martes, 24 de enero de 2017

El tipo del maletero



-          Joderme — repitió Micky saboreando la palabra.
-       ¿Qué no intente joderte? – respondió Toni. – Tienes un fiambre en el maletero y a toda la pasma detrás de ti ¿Y soy yo quién intenta joderte?

Micky escupió el cigarro y señaló hacia la puerta.

-          Tienes dos opciones. O sales de aquí por tu pie para contar la verdad o sales arrastras con un tiro en la cabeza.
-          ¿Y a quién te va a creer cuando yo esté muerto?

Torció la sonrisa y disparó a bocajarro.

- Tú ya estás muerto, Toni. Pregunta, si no, quien es el tipo del maletero.

martes, 22 de noviembre de 2016

Algún día

"Algún día viviremos bajo un cielo estrellado y cantaremos coplas a la luna mientras dejamos como su luz alumbre nuestros rostros de penumbra. Entonces te robaré un beso y susurraré una canción en tu oído para hacerte saber que te amo. Algún día te prestaré mi mano y te conduciré a ciegas hasta el país del deseo. Algún día este paraje será nuestro hogar porque nuestros recuerdos vivirán de este instante de magia.

"Algún día nos miraremos a los ojos y sobrarán las palabras porque no serán sino mensajeras mudas de lo cierto. Algún día bajaremos al recreo del deseo y daremos rienda suelta a nuestras habilidades y sabrás que has estado esperándome toda tu vida mientras jadeas palabras de amor. Algún día sabrás que soy tuya porque harás de mí una mujer perfecta por la única condición de haberme convertido en tu amante.

"Algún día sabré que hice bien en mirarte, sabré que acerté en elegir tus ojos como príncipes de mi sueño, tus labios como reyes de mi deseo, tus manos como abrigo de mi ímpetu. Algún día, quizá, algún día, me acerque hasta a tí y me atreva a saludarte. A lo mejor algún día llegas a saber quien soy. A lo mejor consigo que me mires algún día."