martes, 17 de abril de 2018

La última confesión

Con nuestro mecánico de confianza acudimos a ver a mamá al hospital. Allí esperaban el panadero, el
cartero y un señor vestido de sacerdote. Desde que sabía que mi padre era un soltero del pueblo no cesé en mi empeño hasta reunirlos a todos. Mamá entreabrió los ojos con el sonido de la persiana, yo supliqué con la mirada y el cura sacó una biblia del bolsillo. “Adelante, padre”, insté al cura al comprobar que no obtendría respuesta. “Gracias, hijo”, respondió amablemente. Mamá lloró una vez más y sobre aquel alzacuello se dibujó una sonrisa nostálgica que parecía pedir perdón.

viernes, 13 de abril de 2018

El fin

La lengua seca como un estropajo, la nariz roja como un tomate, un zumbido en los oídos, las manos
negras, los pies cansados. Se sentía como un naufrago sin isla, como un bandido sin botín. Atrás, como los resquicios de un fuego que nunca se apaga, dejaba la ilusión por encontrarse de nuevo. Y, frente a él, sin perspectiva, divisaba un mundo nuevo donde no existía el amor ni la voluntad.

Se arrodilló despacio, sin mirar atrás, sin evitar luchar contra su conciencia. La escuela, el trabajo, el amor. La decepción. Aulló de dolor antes de cargar el arma y apretar el gatillo. Los escombros seguían crepitando, el humo negro seguía cegando el alarido de cientos de personas. Sin salida, sin opción, sin ocasión para el arrepentimiento, uno a uno fueron cayendo como un castillo de naipes asustados.

Sonó el disparo y se acabó el sonido. Ya no escuchó más sirenas, ni más llantos, ni más súplicas. Dejó de escuchar el silencio el día que le torturaron por vez primera. Aquel maldito lugar donde jugó a ser feliz y se convirtió en un desdichado. Tantas vejaciones en el baño de profesores, tantas humillaciones en un aula repleta, tantas veces solicitanto piedad y tantas veces recibiendo incomprensión. El fin, como pudieron comprobar mientras se ahogaban en su propia misera, es, muchas veces el sentido propio de los medios.

miércoles, 11 de abril de 2018

Qué desilusión


Aquella tarde, papá, regresó a la tumba entristecido. Cada primero de mes visitábamos el cementerio y le contábamos a mamá nuestras cosas. Desde que conoció a aquella otra mujer sonreía más de la cuenta. Le contaba lo bien que hacía las croquetas, lo que le gustaba viajar al pueblo y como dormía abrazado a él cada noche. “Todo igual que tú, cariño”. Pero aquella tarde el semblante estaba ensombrecido. Dejamos las flores y nos abrazamos. Me aparté unos metros y les dejé solos. “Apreté lo más fuerte que pude, cariño”, dijo. “Pero no supo morir como tú”. Suspiró. “Qué desilusión”.

martes, 3 de abril de 2018

Un mensaje de texto

El teléfono en la mesa. Las lágrimas en las mejillas, la sonrisa seca, los oídos sordos, la piel gastada. Un pie en la rodilla, una silla apartada, un paso hueco. Una tos lejana, una llave girando, un leve portazo, un adiós prematuro. Una bofetada sonora, un reproche certero, una maleta cerrada, un adiós repentino. Un mensaje de texto.

Un paso lento y anodino, unas ruedas sobre la acera, unos zapatos gastados, unas piernas cansadas. Una conciencia intranquila, un sueño cumplido, un esbozo de felicidad, una pasión apagada y otra llama encendida. Una habitación de hotel fría, un recuerdo caliente, una ropa interior abultada. Una ducha fría, un sueño caliente. 

Y allí donde se cruzan los caminos sobrevive el instinto de quien quiso culpar y no pudo, de quien pudo alarmar y no quiso. Atrás, donde ya no teléfono, ni lágrimas, ni sonrisa, ni oídos, ni piel, permanece encendida la mirada de recreo. Un teléfono vuelve a la mesa y las mejillas tornan color. La sonrisa se humedece, los sonidos son alegres y la piel es suave y tersa. Vuelve a abrir la puerta, vuelve a cerrar con mesura y esta vez saluda con encanto. Un beso, una palabra de amor y una maleta dispuesta a llenar el desorden de su habitación. Otro mensaje de texto. Otro amor. Otra vida.