«El árbitro añadió catorce minutos», logré decir
ahogado por la angustia. «Íbamos a ganar, como nunca. Pero perdimos, como
siempre». El párroco escuchó en silencio, tras la celosía, y me mandó a casa sin
penitencia. Mientras ahogaba mis penas, vestido de rojo y blanco, y aún en la
puerta de la iglesia, le vi salir con su camiseta blanca y el número doce a la
espalda. Se disculpó con un gesto y depositó la bufanda sobre los hombros. «Dios
está en todas partes, hijo, pero sólo es de un equipo». Debería haberlo
imaginado antes.
¿Qué podemos esperar?
Hace 11 meses

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