martes, 19 de enero de 2010

Estocolmo

Llegó a odiarle durante demasiado tiempo. Le parecía un tipo demasiado cerebral como para no tenerle miedo. A menudo perdía los nervios con demasiada facilidad y no eran pocas las veces que le había visto intimidarla, cara con cara, con palabras demasiado amenazadoras como para tomarle en serio.

Hacía ya cinco meses que vivía junto a él; compartiendo habitación, cama en algunas ocasiones y restos de comida los mejores días de guardar. A pesar de su régimen a pan y agua, seguía con vida y aquello era un regalo que no quisiera desperdiciar.

La primera vez que le vio salir de casa vestido con un traje le pareció un tipo mucho más atractivo de lo que habían sugerido las primeras apariencias. Bien peinado y bien vestido, aquel hombre ganaba demasiado. Hubo un día que despertó deseando sus abrazos y otro día, semanas más tarde, que hubiese muerto por un beso suyo. Por ello, la primera vez que la violó sintió en sus carnes el placer del deseo concebido.

El sonido atronador de la puerta al ser derrumbada consiguió sacarla de su letanía. Observó la escena en un duermevela demasiado desalentador en aquella madrugada de invierno. Sintió como su cama se queda semivacía y abrió los ojos del todo para contemplar como aquel tipo enmascarado le abría la crisma a su compañero de habitación.

Lo demás fue sangre y lágrimas. No pudo sonreír cuando le comunicaron que por fín había sido rescatada después de ciento sesenta días de secuestro. Y no pudo dejar de llorar cuando le dijeron que el tipo que le había secuestrado había sido abatido en conformidad a los deméritos acumulados.

miércoles, 13 de enero de 2010

A corazón abierto

Tenía su corazón en mis manos. Por un instante pensé en dejarlo caer y salir corriendo de allí. Era la primera vez que dirigía una operación con tanta responsabilidad y me sentía realmente abrumado. Sentí como se clavaban en mí todas las miradas de los asistentes de quirófano; la enfermera dudaba de mi capacidad, mi adjunto sopesaba seriamente sobre el acierto de aprender junto a mí y el anestesista esperaba mi reacción para controlar los impulsos vitales del paciente. Solté el bisturí tembloroso y pedí que me limpiasen el sudor.

Aquel tipo había llegado al hospital con una lesión vascular bastante importante y me habían designado a mí como dueño de su vida. Menuda responsabilidad. Limpié la zona, pinzé la aorta y descubrí la constricción el vaso sanguíneo. Por un instante me sentí aliviado y en el segundo siguiente herido en mi inquietud; un segundo o un milímetro de más y acabaría con su vida.

Allá afuera estarían sus hijos, su mujer y alguno de sus hermanos esperando noticias por mi parte. Nunca me había gustado comunicar una muerte y por ello pensé en lo que a mí me gustaría que me hubiesen dicho. Actué con precisión y las miradas se convirtieron en sonrisas. Ordené a la enfermera coser la herida mientras salía a desahogarme al pasillo. Los familiares vieron mis lágrimas y se temieron lo peor. Las cambié por una sonrisa. Mis labios encendidos significaban una buena noticia, mis ojos humedecidos significaban una tensión por la que no estaba demasiado seguro de querer volver a sentir.

jueves, 7 de enero de 2010

El poderoso

Ramón no tardó en enfundar su arma. Desde que había dejado atrás el sobrenombre de "Ramoncín" para convertirse en "Ramón el poderoso" no había habido nadie que se atreviese a discutir su supremacía. Era el líder.

Como un mal pistolero de película de serie B se dedicaba a atracar pequeños comercios, desvalijar camiones de mercancías y trapichear con sus enemigos sin más temor que un disparo por la espalda. Hacía tiempo que se había agenciado una buena pistola de asalto y una buena reputación como para no verse obligado a usarla.

El humo resplandeció sobre el cañón y el charco de sangre delató el suceso. Era la primera vez en la vida que mataba y la segunda que se sentía tan angustiado. La primera fue cuando hubo de cruzarle la cara a su madre por vez primera ante la negativa de esta a aprobar sus pequeñas rencillas criminales. Entonces era un niño y el remordimiento lo curó el tiempo y media docena de palizas junto al viejo sofá del comedor.

"Tras el primero llegará el segundo", pensó. Y mientras escapaba como un loco de las sirenas de las policías en busca de un refugio planeó su siguiente golpe. Debería buscarse un pequeño ejército de supervivientes. Debería protegerse. Solamente de esta manera tardaría más tiempo del esperado en llegar aquel tan temido disparo por la espalda.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El señor cerdales

Le llamaban "el señor cerdales" y es que era tan guarro como el integrante de la más selecta piara. No vivía en una pocilga pero su hogar bien podía ser considerado como tal. Adolecía de escrúpulos y había enfermado, además, de ese mal tan molesto para los vecinos y que los expertos conocían como Síndrome de Diógenes.

Ave que volaba iba a su cazuela. Carros, chinchetas, pinzas, cordones, camisetas, bolsas, cajas, anillos, juguetes, baratijas... todo valía. Incluso hubo un día que encontró un escorpión en una urna y, sin preguntar ni denunciar, la hizo suya como animal de compañía.

Sucedío otro día que se encontró una rata merodeando entre sus juguetes favoritos y la metió en una especie de jaula con noria que había encontrado para tal ocasión. Sucedió que encontró un cachorro de perro que fue criando con mimo y con hambre hasta que se fue haciendo mayor y se convirtió en un ogro de dientes afilados y gruñido permanente. Y sucedió que completó el zoológico con un gato pardo que encontró entre cubos de basura en busca de una raspa de pescado que él ya había tomado prestada con anterioridad.

Sucedió que el perro vio al gato, que el gato vio a la rata y que la rata vio el escorpión. Sucedió que el perro se lanzó sobre el gato, el gato hurgaba en la jaula de la rata y en su huída y persecución tiraron la jaula del escorpión. Sucedió que el escorpión picó al señor cerdales antes de desaparecer entre la montaña de desperdicios, que el señor cerdales cayó desnudo al suelo y que la rata buscó su ano como escondrijo. Sucedió que el gato se aferró a su piel para defenderse del perro y sucedió que el perro mordió su cuello por confusión. Al final el escorpión murió de viejo, la rata se comió las tripas del señor cerdales y el perro se comió al gato, al señor cerdales y a la rata.

Desde hace meses solamente se escuchan ladridos y lamentos en el interior de la casa. Huele tan mal como siempre, incluso algunos dicen que peor. Pero nadie se atreve a pasar porque tienen miedo a infectarse. Una sirena de policía rompe el silencio. Una patada en la puerta rompe la monotonía. Y una cascada de vómitos se camufla con el hedor. No hay nada más que basura y un perro flaco que va directo a la perrera. Nadie volvío a ver al señor cerdales.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El bicho raro

Jaime era orejón, caminaba encorvado y tenía más granos en la cara de los que su edad debía permitir. A menudo le regañaban en clase por andar mirando a las musarañas e igual se hacía sus necesidades encima como vomitaba la leche del desayuno en mitad del recreo. Era un bicho raro.

Sus compañeros lo sabía y por ello aprovechaban para reírse de él. Jaime les veía llegar en silencio y en silencio permanecía mientras agotaban su repertorio de burlas. Que si orejón, que si chepudo, que si gafotas, que si meón. Todo valía y Jaime callaba.

Cada vez que decía algo se reían de él, si le preguntaban algo antes de iniciar una respuesta ya se estaban riendo y cuando terminaba de responder se cachondeaban por completo. Era un tipo raro que decía cosas muy raras. Que si la biomasa, que si la física cuántica, que si un tal Arquímedes o los cuentos de chalado de un tipo al que llamaba Froid. Demasiado difícil para un niño de ocho años. Siempre sería un bicho raro.

Se acercaron de nuevo y le preguntaron por los deberes del día anterior. Los enseñó y le rompieron la hoja del cuaderno. Cuando le preguntaron qué más había hecho contestó, casi entre sollozos, que resolver la ecuación de Fermat.

¡Se había inventado otro cuento! Volvieron a reirse y volvieron a probar el sonido de su cabeza, menos hueca de lo que ellos imaginaban. Mientras el profesor entraba en clase y Jaime lloraba en silencio, los niños le miraban con sorna porque sabían que Jaime siempre sería un bicho raro.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El reino casto

A Durbina le gustaba abrirse de piernas más de lo que para una bella y educada dama era recomendable. Hacía el amor a escondidas porque el rey había prohibido el coito pecaminoso como medida de castidad ante el pecado mortal del deseo carnal.

Cosas curiosas lo de este rey. Le gustaba matar infieles como quien cascaba nueces a la hora de la merienda, pero sin embargo, la simple mención de un torso desnudo le provocaba tal escándalo que era capaz de castrar hombres, ablacionar mujeres o incluso cortar cabezas de hijos bastardos.

Cosas curiosas. Durbina era la hija del rey y se había acostado con más de la mitad de los vasallos del reino. Ellos temían por su aparato viril pero ninguno podía resistirse a los encantos de la princesa cuando, vestido en el suelo y cuerpo desnudo al aire, ofrecía sus placeres a cambio de nada.

Se conspiró contra el rey y Durbina encabezó la revuelta. Deponer a propio padre le supuso poder, libertad y, sobre todo, autoridad sobre todos los caballeros, vasallos y obreros del reino. Colgó un cartel y espero desnuda sobre su cama. Las mujeres se quedaron sin maridos, las fulanas perdieron a sus amantes y las prometidas se quedaron compuestas y sin altar. Todos estaban obligados a copular con la princesa.

Como hay ocasiones en los que la enfermedad es mucho mejor que el remedio, las hembras se revelaron en armas y decapitaron a la princesa para volver a establecer los plenos poderes del antiguo rey. Practicar el coito volvió a estar prohibido pero todos estaban más felices que nunca. En secreto, seguían follando como conejos y en público ponían cara de escandalizado cada vez que se enteraban de quien incumplía el voto de castidad. A veces, un cabrón puede ser mejor remedio que una hijaputa.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El barrio

El barrio es un lugar solitario y triste. De vez en cuando refulge el brillo del acero de un par de navajas a medio camino entre el susto y la venganza. Cuando hay luna llena, apenas se ven dos estrellas florescentes haciendo hincapié en destacar por encima de la cortina de humo. En invierno hace demasiado frío como para salir a la calle y las estufas desgastan el color de la pintura, y en verano hace demasiado calor como para quedarse en casa y el sol desgasta el gris claro del asfalto. Hay niños peleándose en el parque, juegan, ya desde pequeños, a la ley de selección natural. El más fuerte acabará en la cárcel y el más débil, con un poco de suerte, terminará sus días cubierto de grasa en cualquier taller de un callejón perdido. Resuenan las motos trucadas con el estruendo del mediodía y llaman las madres a sus hijos para que dejen las pelotas de reglamento recién robadas y suban como rayos a beberse la sopa y a comerse el filete. Los jóvenes en edad de prometer ya no van a la escuela porque allí solamente enseñan tonterías y los que tienen un poco más interés por aprender a menudo ven sus ilusiones cortadas en una furgoneta al ralentí y una buena paliza bajo los columpios del parque. Nadie se acuerda de nosotros y si alguna vez viene la televisión es para enseñarle al mundo la mierda en la que nos han convertido. Hay demasiada luz en los desguaces y demasiada oscuridad en los portales, desde lo alto de la azotea se ven a los hombres como hormigas y a los niños como pulgas. El suelo está cada vez más cerca, hace años que no vivo sin soñar ni sobrevivo sin estar colgado a un pico de heroína. La azotea cada vez está más arriba y los hombres ya no son hormigas y los niños cada vez son menos niños. Definitivamente me he convencido de que es imposible volar sin un caballo cabalgando por mis venas, el suelo está cada vez más cerca y mi vida está cada vez más lejos. Realmente nunca tuve vida. Dejaré para el recuerdo un buen charco de sangre que pintará de rojo el gris claro del asfalto. No dejaré de ser un ciudadano anónimo más dentro de estas calles, pero con un poco de suerte igual consigo que la televisión vuelva al barrio y quizá mi nombre salga una vez en el periódico.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Cinco minutos más

Un día demasiado apacible dentro de mi monotonía. Me gusta dormir hasta tarde, sentir que la sensación de pereza se apodera de mí y alargar la alarma del reloj hasta un par de horas en periodos de cinco minutos de asueto. Me gusta refugiarme en mis sábanas y sentir como la lluvia golpea contra el cristal de mi ventana, como el viento azota los toldos de las terrazas vecinas y como los coches circulan de un lado para otro sin pararse a mirar el cielo. De fondo, una radio suena regalándome canciones de otros tiempos, es un regreso a mi infancia, a las melodías que tatareaba mi abuela mientras zurzía un jersey para mi y otro para mis hermanos. El grifo de la ducha del vecino se siente pared contra pared y me refugio en el pensamiento mientras recreo el calor del agua tibia bajando sobre mis hombros. Hace ya tiempo que debería haber puesto pie en tierra y coche en marcha. Suena el teléfono y rechazo la llamada. Un pitido me anuncia que tengo un mensaje en el buzón de voz. Perezoso e incómodo llevo el auricular a la oreja. He vuelto a dormirme y me han despedido. Mejor, así no me voy con lo puesto. Vuelvo a dar media vuelta en la cama y pienso que le diré al jefe cuando vaya a firmar el finiquito. Quizá que celebro no volver a verle, quizá que no he conocido capullo como él o quizá que se meta su empresa por donde le quepa porque yo no pienso volver a trabajar.

Me gusta dormir hasta tarde, sentir que la sensación de pereza se apodera de mí y alargar la alarma del reloj hasta un par de horas en periodos de cinco minutos de asueto. Sobre todo después de saber que has acertado los seis números del sorteo de la primitiva.

martes, 24 de noviembre de 2009

Sin pecado concebida

- Podéis ir en paz.

El padre Montero terminó su homilía y recogió los bártulos. Aún palpitaban en su interior las últimas palabras de su querida madre. La habían matado cruelmente por un puñado de monedas de oro. De haberlo sabido, él mismo habría arrojado aquella colección a la basura o, aún mejor, la hubiese donado a alguna obra de caridad. No podía sobrellevar la culpabilidad por haber dejado a su madre sola, tan lejos de su destino y sin el amparo de un hijo en el que gustaba alojar sus temores. Temía a la muerte y la muerte la había encontrado sola, mientras veía su programa favorito y un alma malvada había irrumpido en su casa con palabras engañosas para hacerse con la famosa colección de monedas antiguas que llevaba con la familia durante más de seis generaciones.

Habían encontrado al culpable y lo habían ejecutado, a sangre fría sin que le hubiese dado tiempo a arrepentirse. Seguramente, después de tratar con Dios durante un par de horas de meditación, hubiese llegado a la conclusión de que el perdón debía haber sido merecido en el caso de haber sido solicitado. Pero no llegó a serlo. Le encontraron con las monedas en el cajón de su armario y el cuchillo, aún ensangrentado, con el que había asesinado a su madre.

Encontró a un hombre esperando en el confesionario.
- Ave María purísima. - No podía ver su rostro.
- Sin pecado concebida.
- Padre, me mata la culpa.
- Qué hiciste, hijo.
- Yo maté a su madre.

Sintió desvancerse. La cabeza contra la madera y el sonido de mil campanas retumbando en sus oídos. Cuando quiso reaccionar el confesor ya se había marchado. Dos inquietudes le hacían estremecer desde el alma hasta el corazón. La primera era una certeza por sus votos y se llamaba "secreto de confesión". La otra era una duda casi certera que le impulsaba a salir corriendo y mandar toda su carrera al infierno. Quería pero no podía. No estaba seguro, pero hubiese prometido ante Dios que la voz que le había hablado era la misma que la del policía que había dirigido toda la investigación.

martes, 17 de noviembre de 2009

Obsesión

Vivir obsesionada hasta el límite es para ella tan desalentador como vivir acompañada por la más absoluta de las soledades.

Cada mañana se levanta y corre como un rayo hacia la ventana. Le ve pasar y por las tardes le ve llegar. Todo empezó el día en que se cruzó con él y se dejó embriagar por su perfume de diseño. Le besó e hicieron el amor hasta que el amanecer les sorprendió desnudos.

Le ve bajar de nuevo. Ahora con una de sus hijas agarrada a su mano. Le sigue con la mirada hasta que no quedan más milímetros de calle por recorrer. Hubo un día en el que ella quiso aquella niña también fuera suya, pero todo terminó como lo hacen las historias tristes.

Le ve venir. Sigue siendo el mismo hombre que besó por vez primera. El mismo que aún no sabe que ella vive allí, junto a él, porque quiere verle cada día al llegar del trabajo. Ahora está con su mujer, la besa y ambos sonríen. Ella llora. Por un momento quiere volar con la imaginación y se lanza en picado hacia su amado.

El golpe es brutal. Él vuelve la cabeza y regresa a sus años de juventud con la imagen de un rostro que hace años creyó que podría olvidar. Durante años se preguntó donde se había metido y resulta que había estado allí mismo, tal y como él había soñado. Se despide de ella y le pide perdón. "Yo también morí el día en que te dejé", le susurra en silencio. Y mientras ve llegar a la ambulancia disimula su pasado y vuelve a besar a su mujer con la misma mentira de siempre. En cada beso siempre soñó los labios de la mujer a la que un día dejó en la estacada y ahora era conducida hacia un depósito de cadáveres.