La mejor manera de canalizar mi vocación era mandarle cartas anónimas de amor a la vecina. Desde que empecé a hacerlo, la mujer había cambiado la compunción por sonrisa y los ojos tristes por maquillaje. Se vestía de guapa y caminaba azorada sobre sus altos tacones. Disimuladamente, miraba hacia los lados esperando a que alguno de aquellos desconocidos que la comían con la mirada le dijesen “yo soy tu amor secreto”. Por ello, cuando fue consciente de que el cuento debía llegar a su fin, le comenté que por la noche llegaría a su casa con un ramo de rosas rojas. Cuando su marido vio mi nota anónima en el parabrisas, miró de forma extraña y encogió los hombros. Aun así obedeció y se presentó por la tarde con un ramo de rosas rojas en la mano. Cuando escuché el revuelo que se había formado en la calle, me asomé al balcón y vi el cuerpo de mi vecina estampado contra el suelo. Entonces comprobé por qué Cecilia había mantenido en secreto al autor de las cartas en aquella famosa canción.
¿Qué podemos esperar?
Hace 10 meses

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