Espero el milagro conectado a un respirador y protegido por una mampara. La doctora tiene la frente húmeda y la enfermera los ojos enrojecidos. Mi mujer las mira y entiende, por sus gestos, que ni habrá milagro ni más ceniceros llenos. El día que lo dejes, me había repetido, tiraré las cortinas, cambiaré el sofá y pintaré las paredes. Quizá su sonrisa, ahora, sea porque al fin va tener el salón de diseño que siempre señala en las revistas.
¿Qué podemos esperar?
Hace 11 meses

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