martes, 9 de julio de 2019

Ante el puño tormentoso

El puño tormentoso entraba una y otra vez sobre su guardia. No podía hacer nada, él era más rápido, más fuerte, más joven. Sobre todo más joven. Había algo de lo que él había sido en esa mirada asesina, en esa pasión por la gloria, por la victoria, por hacer daño. Y mientras intentaba defenderse entre las cuerdas, sopesaba, una vez más, la decisión de marcharse corriendo de una vez por todas. El dinero era volátil, la fama sólo un pasaporte hacia la hipocresía y la gloria no era más que un instante. Un segundo después, siempre un segundo después, era consciente de que seguía siendo la misma persona, con las mismas piernas cansadas y los mismos pensamientos autodestructibles.

La pasión te convierte en peor persona. En este deporte lo hace. Y yo hace tiempo que sólo peleo por dinero. Necesito volver a ser un hijo de puta, aún estoy a tiempo, una última vez y lo dejo. Lo dejo para siempre. Yo era campeón, era mito, era estrella. Ahora sólo me paran por la calle para decirme lo viejo y lo acabado que estoy. Me liaría a golpes con ellos igual que lo haría con este mequetrefe. La guardia alta, me decía el entrenador, pero aún más alta la concentración. El puño tormentoso vuelve a entrar entre mis puños. Y sigo sin poder hacer nada.

El sabor de la lona es amargo, pero al mismo tiempo que siente el dolor siente el descanso. El orgullo duele más que la mandíbula y el alma duele más que el corazón. El suyo sigue intacto, de piedra, de mármol pulido por los años y las costumbres. Ya no pasa hambre, ya no necesita abrirse camino. Y así cae, a plomo, hasta descender al infierno y buscar, por última vez, un lugar en el cielo.

Yo era el campeón, yo era el referente, yo era el tipo que llenaba todas las portadas y encabezaba todos los rankings. Y ahora ¿Qué soy? Soy un trapo en el suelo, una toalla a punto de caer, un cubo de agua lleno de sangre. Soy una nariz rota, un labio hinchado, una ceja partida. Soy músculo caído, una sombra sin pie, una cabeza sin sentido. Pero sigo siendo yo. Carne, hueso, cerebro, corazón. Sigo siendo yo. Ponte en pie, me hubiese dicho el viejo, y deja de lamentarte. Los caídos se levantan, los alzados se defienden, los que no tienen nada que perder, atacan. Me levanto y ataco. Uno, dos. Como al principio, como aquellos días en los que el pan era un golpe certero y el agua sabía a sudor de gimnasio. Como el día que decidí ser el más grande. Arriba, en pie, golpe a golpe. El campeón ha vuelto.

jueves, 13 de junio de 2019

Pobre tuerto

Le dijeron que el tuerto era el rey en el país de los ciegos, pero ahí andaba él, con el parche en el ojo en un país donde ni los viejos usaban gafas.

Onanismo por obsesión

Ella es un pensamiento más que recurrente. La soledad de sus días le conduce al recuerdo más sensual. Jamás había amado así, jamás había llorado así. La pérdida fue tan brusca que le costó imaginarse una vida sin ella. Ahora ya sabe que será así y se resigna en silencio mientras mastica. La noche le recibe con un manto de oscuridad y en la flor del sueño se abren los pistilos de la probabilidad. Probablemente esté con otro hombre, probablemente sea feliz, probablemente no vaya a volver a verla. Probablemente será infeliz durante el resto de sus días. Entonces cierra los ojos y se quiere a sí mismo una vez al día. Cuando termina, empapado de recuerdos, se deja vencer por el sueño resignándose a un mañana interminable. Así es la vida del perdedor.

viernes, 31 de mayo de 2019

Una calle ancha

El sueño era una calle ancha con coches aparcados, era un semáforo en verde y una cafetería en la esquina, era un paso de cebra agarrados de la mano, era una acera pintada de azul que se reflejaba en el cielo. El sueño era una beso a media tarde junto a una puerta giratoria, era girar en círculo hacia un enorme salón, era una habitación blanca y una piel desnuda. El sueño eras tú y era yo amándonos en silencio mientras nuestras cabezas gritaban como locas.

El sueño me invade el insomnio de cada noche porque no he vuelto a dormir como antes, porque no he vuelto a despertar como antes, porque no he vuelto a vivir como antes. He aparcado el coche en la calle angosta y he cruzado el semáforo en rojo. La cafetería de la esquina es un bar de copas y la acera está negra por el hollín. No he encontrado un beso junto a la puerta de latón y en la sala de estar no había habitaciones con sábanas blancas. Desde que te fuiste, mi vida ya no es un sueño sino una pesadilla donde despertar es dormir y tratar de buscarte de nuevo en una calle ancha con coches aparcados.


jueves, 23 de mayo de 2019

Por un aparcamiento

Hace tiempo que no me paso por casa de mis padres. Entre tanto trabajo y tan poco tiempo libre dedicado al ocio, al final me he convertido en un despegado. Mi madre me ha dicho que ha hecho croquetas y como sabe que por el estómago se me conquista antes que por el oído, me he convencido de acercarme a casa para pasar la tarde con ellos.

Si no vuelvo más al barrio es por lo mal que se aparca. Un conjunto de calles estrechas, llenas de bloques poblados, sin garajes en los bloques y con cientos, miles, de coches en la calle. Es normal hacer procesión mientras miras a los lados y buscas una luz blanca encendida o, milagro, algún hueco libre aunque sea a diez calles de distancia.

Lo intento, por probar, iluso de mí, en la puerta del portal. Nada ¿Qué otra cosa podría esperarme? Y mira que he visto un sitio allí atrás. Sí, pero estaba muy muy atrás. Casi a un kilómetro. Sí, sí, muy atrás, pero vamos a ver dónde aparcas tú hoy. Intento ser positivo mientras hablo conmigo mismo. Una vuelta a la manzana. Nada. Una vuelta a las dos manzanas siguientes. Nada otra vez.

Nada en el descampado y nada alrededor del parque. Vuelvo atrás. Una manzana, dos, tres, descampado, parrque. Nada. Esto empieza a ser una mierda. Vamos a ver si sigue estando el sitio que había allí atrás, muy atrás. Pero qué iluso eres, colega. Para tí va a estar, ahí va a estar esperando.

Me cago en su puta madre. Tarde o temprano tenía que decirlo. Ya llevo veinticinco minutos dando vueltas como un gilipollas y aquí no se mueve ni Dios. La única luz que veo encendida es la de algún coche que, joder, puta suerte la suya, ha encontrado un sitio poco antes que yo. Cago en mi calavera. Pues nada, todo sea por las croquetas y por no hacerle un feo a mi madre. Se me van a calentar las cervezas que he comprado para ver el fútbol junto a mi padre. Ni cervezas, ni croquetas, ni madre que las parió.

Venga, chaval, date otra vuelta, que sólo llevas once. Ni aquí, ni allá, ni en la puta conchinchina. Voy a tener que llamar a mi madre y decirle que me guarde las croquetas para otro día, que vengan ellos a casa cuando quieran y que voy a meter las cervezas a enfriar en mi nevera para que papá se las pueda beber bien frías. Mira, que me voy, que estoy harto, que llevo casi tres cuartos de hora y esto no hay quien lo aguante.

¿Eso de allí? ¿Es un sitio? ¡Sí, es un sitio! ¡En el descampado! Corre tío, corre. Sí, sí, es para tí. Un sitio, por fin. Dirá mi madre que donde me he metido, aunque se lo imaginará, sabe de sobra lo que se tarde en aparcar en este barrio del demonio. Enseguida subo, ya estoy aquí. Ricas croquetas. Venga, marcha atrás y a aparcar de culo ¿Y ese quién es? ¿Y ese qué hace? ¡Pero qué coño haces!

Ha llegado un coche, un gilipollas, como un loco, y se ha metido en el sitio mientras yo maniobraba. Y trata de marcharse con toda su chulería. Te vas a enterar, chaval. Cogo una lata de cerveza y se la tiro a la cabeza. Y ahora otra. Y otra a la luna del coche. Que jodan, tío listo. Espera que te voy a patear. Pum, pum, pum. Ahora te ríes menos ¿Eh? ¡Qué me dejéis, joder! ¡Qué estoy hasta los huevos de jetas y gilipollas!

Me llevan detenido por daños graves a un viandante. Mi madre llora, sin croquetas, mientras ve como me llevan esposado. Mi padre tiene el gesto adusto, serio. Ya no serán para él las cervezas, ni volverán a ser igual los partidos de fútbol. Mientras camino, observo como un policía aparca mi coche en uno de los huecos libres que han quedado en el descampado. Es la puta ley de Murphy. Les juro que no había ni un puto sitio. Sí, sí. Camina. Mañana, o quizás dentro de un rato, todo el barrio termine sabiendo que casi mato a un tío por un aparcamiento ¿Por un aparcamiento? Sí, sí, como lo oyes; por un aparcamiento.

lunes, 6 de mayo de 2019

Visite nuestro bar

Claudia siempre pide un café con leche fría y una tostada con tomate rallado y no triturado. Mientras mastica en silencio va mirando el móvil esperando un mensaje que nunca llega. Tiene el pelo alborotado, los ojos tristes y media sonrisa en los labios. Quizá evoca un recuerdo. Quizá piensa que aún es posible.

Jose pide un cortado y un croissant a la plancha con mermelada de melocotón. Mientras espera a que la mantequilla se ablande, va escribiendo un mensaje que siempre termina borrando antes de enviar. Tiene el pelo corto y las sienes cargadas de canas, la mirada perdida en un sueño y un rictus de imposibilidad que le impide sonreir con franqueza. Sabe que lo ha perdido todo. Piensa que ya no hay vuelta atrás.

Yo les observo de nuevo, como cada mañana, mientras limpio la barra y reconozco cada gesto, cada mirada, cada silencio. Ella creyó alcanzar algo y se le escurrió entre los dedos. Él tuvo algo ganado y lo perdió por cobardía. Y cada mañana, como si de un cruce de caminos se tratase, vuelven a bifurcar sus recuerdos sentados ante la mesa de un bar.


jueves, 28 de marzo de 2019

Olvidar

- ¿Cuánto se tarda en olvidar?
- Toda una vida, porque nunca se olvida del todo. Las heridas, dicen, las cicatriza el tiempo. Pero lo que realmente hace el tiempo es ayudarte a vivir, porque siempre habrá algo que te entretenga. Mientras lo hagas, el vacío seguirá allí, aunque tapado por hojas y ramas secas, esperando a que jamás vuelvas a pisarlas.
- ¿Y si lo hago?
- Entonces estarás perdido. Es una caída que sólo frena la muerte.

martes, 26 de marzo de 2019

El fin del mundo

No entiendo esa necesidad de conquista que tienen estos hombres. Si al final siempre llegan allí, cortan unas cuantas cabezas, arramplan con todo lo que brilla, se beben toda la cerveza y abusan de varias mujeres para dejarlas encintas de hijos que jamás volverán a ver. Deberían ser más prácticos; trabajar su tierra, fortificar sus ciudades y dejar de adorar de una vez a todos esos dioses que nos les incitan más que a la guerra y el infortunio ¿Acaso creen de verdad que un Dios se sentará con ellos a brindar? Pobres descreídos. Yo les traigo un nuevo razonamiento; culto, castidad, trabajo y silencio. Y sangre, si no son capaces de aceptarlo. Así ya acabamos con Roma y con todos los bárbaros que la invadieron. Así acabaremos también con estos vikingos y seguiremos terminando con el mundo hasta que esas tierras del este sepan, de verdad, quien es su verdadero Dios.

jueves, 21 de marzo de 2019

Otro final

A veces tengo la impresión de que alguien me guioniza la vida. Demasiadas casualidades, demasiados lugares comunes, demasiados errores forzados. A veces pienso que soy el protagonista de algún tipo de show y que alguien se divierte a mi costa. Alguien que, por capricho o por voluntad, coloca piedras en mi camino esperando a que tropiece. Seguramente prefiere que me las coma o que las lance lejos. Cuando ve que las esquivo, vuelve a tentarme con palabras bonitas, lugares desconocidos y emociones escondidas. Al final, como siempre, el malo gana la partida y yo me quedo esperando un nuevo final mientras lloro mis miserias en el fondo de mi habitación.

miércoles, 20 de marzo de 2019

El mejor amigo

Le asqueaba tener que ir a casa de sus suegros y compartir sofá con el perro. Le asqueaba ir paseando por el parque mientras se veía obligado a esquivar heces. Le asqueaba ver como su cuñada compartía lametones con el can y luego pretendía saludarle con dos efusivos besos. Le asqueaba comprobar como la gente no se lavaba las manos después de acariciar al chucho. Mucho animal para tan poco espacio, solía decir. Mucha esclavitud para tan poca recompensa, afirmaba. Pero el día que se perdió en la montaña y comprobó como un perro llegaba el primero para dar la voz de alarma, se sintió el hombre más afortunado del mundo. Vivir ya no le asqueaba tanto.