lunes, 24 de mayo de 2010

Ni olvido ni perdón

"Ni olvido ni perdón".

Un día más, aquel desgastado graffiti acudió a su mirada en su matutino paseo camino del trabajo. Pensó en todo lo que debía haber hecho hacía tiempo y había pospuesto hasta estar realmente seguro de tener una huída fácil. Ya tenía el billete rumbo a Río, la cita con el cirujano plástico y una cuenta corriente en un paraíso fiscal.

Su mujer llevaba años engañándole, su mejor amigo se había forrado a su costa gracias a aquella idea suya que patentó sin permiso y su jefe no se cansaba de putearle a pesar de que cada vierne de mes hacía méritos más que suficientes para ser considerado como empleado de la semana.

Lo que más fácil le había resultado era robarle todo el dinero a su amigo. Años de aprendizaje en una mesa de despacho le habían enseñado los trucos suficientes para piratear una cuenta bancaria. Sus amigos los hackers se iban a sentir sumamente orgullosos de él.

Esperó pacientemente en el coche alquilado con un nombre falso a que su jefe accediese a la planta del garaje y sacó el cuchillo aún impregnado de la sangre de su mujer. Lo clavó en lo más hondo del corazón y se limpió los guantes en el abrigo.

Se dirigió al aeropuerto, y antes de girar rumbo a su paraíso personal, hizo un giro para buscar el muro de sus lamentaciones matutinas. Sacó el spray color negro y repasó el graffiti con una importante sonrisa dibujada en los labios.

"Ni olvido ni perdón".

miércoles, 5 de mayo de 2010

Los siete

Eran siete aguerridos compañeros, siete inseparables socios de juergas y aventuras nocturnas, siete como los magníficos de Sturges, siete como los samuráis de Kurosawa. A veces buscaban siete novias como si fuesen siete hermanos y otras se reunían en torno a siete mesas de billar francés para tomar su copa de ron con cocacola.

Pronto fueron seis porque uno de ellos se fue a la mili y conoció a una andaluza que le hizo amar el pescaíto frito, las noches al fresco y los besos encendidos. Así que pronto tuvieron que rehacer números y buscar otros juegos recreativos con los que lucrar su vicio. Ya eran seis días sin siete noches y seis hombres para las seis esposas de Enrique VIII.

Peor fue cuando quedaron cinco porque a otro lo mandaron de corresponsal al Congo y se quedó por siempre atrapado entre safaris y mujeres de cultura desnuda. El reciclaje les llevó a ser cinco en familia y convertirse en un azaroso club de los cinco. Mientras recordaba y olvidaban, se dieron cuenta de que probablemente jamás volverían a ser lo que fueron, pero mientras eran lo que eran no dejaron mucho tiempo para los malos presagios.

Y como en un montaje de piezas de dominó, nunca cae una ficha sin empujar a la siguiente, no tardaron en quedar cuatro gatos cuando a otro de ellos le destinaron a Barcelona y se enamoró de una extremeña que había emigrado en busca de trabajo y de un tipo como él. Mientras aprendía a bailar sardanas y a maravillarse con las vistas del Tibidabo, sus compañeros de fatigas seguían quemando noches sin más sentido que el de ser cuatro jinetes de un apocalipsis que aún estaba por llegar.

Los cuatro magníficos se quedaron en tres tristes tigres cuando otro de ellos picó el anzuelo en un club de alterne y se largó a Brasil con una prostituta que tenía demasiada saudade como para aguantar más de seis meses seguidos en Madrid. Voló a Río y dejó en tierra a tres mosqueteros que, solteros y sin biberon, se fueron dando a la buena vida hasta que la buena vida se la dio a ellos.

Pronto fueron dos, porque hubo otro más que desgarró todas las promesas al comprometerse con una niña de papá de que le procuró fortuna y olvido. Como aquello de quemar las noches resultaba cada vez más aburrido y cada vez tenían menos agua con la que apaciguar los incendios, los dos colgaos muy fumaos terminaron sus días tirándose de los pelos por ver quien se apropiaba de aquella novia para dos.

Y ahora solamente queda un americano en París, un soltero de oro que busca en el extranjero lo que perdió en su país, seis amigos y un tesoro, el que no tiene a nadie en Gibraltar, ni en África, ni en Barcelona, ni en Copacabana, ni en Saint-Tropez, ni en Malasaña, el que solamente tiene olvido y recuerdos, el que sale cada mañana a pasear a su perro por los jardines de las Tullerías y el que regresa cada tarde a casa con dos niños y un carrito. El que emigró en busca de una nueva vida y el que encontró todo lo que sus compañeros habían hallado en sus lugares de destino. Se preguntó si ellos también recordarían aquellas noches en La Latina, se preguntó si ellos también eran tan infelices como él. Le reconfortaba imaginar que sí. Le hacía sonreir el saber que sí.

viernes, 23 de abril de 2010

Al oeste del Edén

No es fácil jugarse la vida en un segundo. No es fácil mirar a los ojos y saber que o matas o te matan. No es fácil vivir así, pero más difícil es dejarse ir sin haber luchado tu pedazo de orgullo. No es justo dilucidar así las cosas y eso lo sabemos tanto yo, como él, como toda la gente que respira el polvo del camino. No es cómodo pensar bajo este sol de justicia, no es el mejor tiempo para vivir al oeste del Edén, no son las prisas si no las demoras lo que me han traído hasta aquí. No es fácil impartir justicia de una manera tan drástica, no es fácil cargar con la esquela de miles de inocentes, no es justo creerse Dios siendo un auténtico demonio. No es de recibo tener que acabar así con la juventud, no es cómodo creer que la muerte te espera en cualquier esquina. No es sencillo desenfundar tan rápido, no es fácil disparar sin mantener la cabeza caliente, no es cómodo cargar para siempre con una conciencia asesina, no es fácil matar, no es fácil ser pistolero. No es fácil reconocerse uno así mismo como un canalla. No es lícito vivir así. No es lícito morir así. Lo único agradable es marcharse de un lugar con el bolsillo repleto y dejar que la brisa acaricie tu nuca mientras cabalgas buscando el ocaso sobre el horizonte.

viernes, 16 de abril de 2010

Tiempos de conquista

Le llamaban "caballo bajo la tormenta" porque salió a defender a su pueblo una noche en la que los cielos se habían juntado para explotar. Dentro de la tribu era un indio respetado, futuro candidato a jefe y muy aferrado a las palabras del chamán. Para él, las predicciones eran más que un par de frases, eran un motivo lo suficientemente creíble como para estar alerta y permanecer con el hacha escondida bajo las pieles de búfalo.

Decían que el hombre blanco se acercaba y que había que preparar el campamento para el exilio. No lo quería creer. Prefería luchar por su gente que morir huyendo. Por ello, cuando vio que todos montaban sus caballos para largarse de allí se plantó como un profeta de la valentía y les suplicó un pedazo de orgullo. Pero allí había más miedo que otra cosa. Desde tierras más lejanas habían llegado otros pueblos para contar las slavajadas del hombre blanco; corazones quemados, pechos destrozados, cabezas reventadas, mujeres violadas y niños mutilados. No quería aquello para su tribu, preferían huir.

"Caballo bajo la tormenta" tomó su hacha de guerra, pintó su piel y se largó en dirección opuesta acompañado de dos fieles amigos. No estaba dispuesto a vender su alma a una camada de salvajes. Con peores lobos se había enfrentado.

Cuando la tribu alcanzó las montañas pudo escuchar el estremecedor sonido de los cañones. Era aún peor de lo que les había contado. Miles de cascos de caballos anunciaban la llegada de un alud de uniformes oscuros. Los vieron llegar agazapados entre las rocas y no pudieron hacer más que suplicar junto a la hoguera. Allí mismo, mientras veían como sus corazones ardían, sus pechos se desquebrajaban, sus cabezas volaban en mil pedazos, sus mujeres eran ultrajadas y sus niños humillados, se rindieron ante el mayor trofeo que portaba el jefe de sus enemigos. Allí, entre gritos ininteligibles y sujetados por manos blancas como la nieve estaban las cabezas de "Caballo bajo la tormenta" y sus dos amigos. Atrás quedaban años de paz, de convivencia con las montañas, de doma de los caballos, de caza por necesidad y de respeto a la naturaleza. Llegaba el tiempo del hombre blanco, llegaba el ansia, la envidia, la ambición, el fin.

lunes, 12 de abril de 2010

Caravana de mujeres

Llevaba demasiado tiempo soltero como para plantearse un cambio de vida, pero, sin embargo, seguía manteniendo intacto el mismo gusanillo que descubrió en su juventud cuando empezó a imaginarse retozando en el pajar con una bella moza del pueblo.

Todas las mozas del pueblo terminaron casándose y las que vinieron después no pararon en fijarse en un tipo demasiado hosco como para provocar un poco de compasión. Entre su aspecto desaliñado y su fuerte olor a ganado fue agriandose poco a poco hasta convertirse en el típico solterón de la España rural más pendiente de sus vacas que de las mujeres. De ahí que corriesen malvados rumores, de ahí que dijesen aquello de las reses engalandas.

Le dijeron como era aquello de la caravana de mujeres y él se imaginó cual Robert Taylor esperando a su futura esposa sentado en el banco principal de la plaza del pueblo. No fue tal y como esperaba y mientras fue repasando mujeres con la mirada fue comprobando que cada una de ellas hacía la vista gorda cuando pasaba a su lado. Se le cayó la flor y la ilusión. Regresó al establo y acarició a su vaca más querida. Para qué ponerse a desmentir rumores ahora que todo el mundo sabía que aquel animal le entendía mucho mejor que cualquier mujer.

martes, 6 de abril de 2010

Asalto a farmacia

"Tú que sembraste en todas las islas de la moda las flores de tu gracia, cómo no ibas a verte envuelta en una muerte con asalto a farmacia".

Mientras Sabina entonaba su penúltimo blues callejero él iba contando, uno a uno, los agujeros que se dibujaban en su carne. Era una buena idea aquello del asalto a farmacia, al menos no tendría que disimular durante unos días que era aquella persona que realmente nunca llegó a ser.

Más allá, en el espacio y en el tiempo, el joven ayudante del boticario intentaba recomponer el destrozo que había supuesto el asalto de la noche pasada. La puerta desquebrajada, la alarma encendida, los vecinos escandalizados y la policía tomando parte de un robo muy poco premeditado. Faltaban medicinas, jeringuillas y algo de dinero. Ni una huella, ni una señal, alguna sospecha.

El joven ayudante del boticario giró la esquina de la calle que llevaba hasta su casa y descubrió al hombre que llevaba días esperándole junto al portal. Le acompañó hasta su cuarto de estar y le abrió dos cajones llenos de drogas farmacéuticas.
- Es todo lo que pude conseguir. - Dijo casi con un susurro.

Se arremangó la camisa y dejó al descubierto miles de agujeros salpicados sobre la carne de su brazo.
- Déjame al menos una dosis.

Estuvo a punto de recibir una respuesta cuando escucharon las sirenas de la policía.
- Lo siento. - Fue lo último que escuchó.

Cuando la policía llegó a casa lo encontró con los ojos en blanco, los cajones llenos y una jeringuilla insertada en su antebrazo.

"Tú que sembraste en todas las islas de la moda las flores de tu gracia, cómo no ibas a verte envuelta en una muerte con asalto a farmacia".

Eran los años ochenta y Sabina seguía en lo más alto de las listas entonando su penúltimo blues callejero.

lunes, 29 de marzo de 2010

El soplo

- Tengo fotos. - Susurró en tono amenazante a la voz que replicaba al otro lado del teléfono.

- Lo sabemos.

Tenían a su chica y no sabía como salir de aquel entuerto. Todo había comenzado el día en el que había recibido un soplo de dudosa fiabilidad. Un importante empresario, un traficante de droga y una reunión en una cafetería de las afueras. Aparcó su coche en un lugar discreto y apuró la tarjeta de memoria de su cámara réflex hasta el final. Eran unas fotos buenísimas que podían terminar con la reputación de un tipo impecable.

Las enseñó en la redacción y le pidieron calma. Horas después recibió una llamada de teléfono que le pedía aquella tarjeta de memoria a cambio de su chica. No le costó deducir que su propio jefe era un maldito vendido. Sopesó la situación y publicó las fotos por cuenta propia.

Se inició una investigación, el empresario fue detenido, su jefe fue despedido y su novia fue liberada de un sótano en una nave industrial. Se hizo famoso, vendió su vida, vendió mil fotos y alcanzó el puesto de redactor jefe. Le había dejado disfrutar dos años de confianza, justo el tiempo que tardaron en regresar, volarle los sesos de un disparo y violar y estrangular a su novia.

Una vez más, volvió a ser portada. Fue la última vez que se supo de él, podrían haber sido más si hubiese obedecido pero llegó a pensar que burlarse del malo también funcionaba en la vida real, olvidando que los buenos solamente ganan en las películas. Y no siempre.

martes, 9 de marzo de 2010

La sombra del árbol

Recibió el penúltimo puñetazo en el labio inferior y saboreó el ácido hilo de sangre que se perdía bajo su lengua. Mientras intentaba desmarañar aquellas manos ajenas que sujetaban su pelo, no tuvo más remedio que observar el árbol grande del jardín cuya sombra era augurio de malas leyendas. Contaban que allí se habían suicidado cinco chicos en los últimos años, incapaces de soportar el don de la disciplina y de saber que un hombre se hace a base de sufrimiento.

Sus compañeros de habitación eran unos cretinos que llevaban más tiempo del debido en aquel maldito internado. Él que solamente había pecado de perezoso en el último trimestre que había estudiado en su antiguo colegio, fue enviado por sus padres allí donde decían que la hombría se ganaba con la gallardía de sentirse un hombre.

Él aún no lo era y sus compañeros y profesores no lo entendían. Sucedió que intentó ser más listo que ellos y terminó sus mejores días con dos dientes menos y una importante brecha sobre la ceja. Desde entonces aquello se convirtió en un infierno.

Sonó la puerta y el mayor de todos se asomó para recoger una bolsa de manos del director. Se hizo el silencio. Quiso protestar y pedir auxilio pero sabía que aquello solamente le llevaría a una nueva sesión de golpes.
- Qué sabes del árbol. - Le preguntaron.
- Sé que bajo su sombra murieron cinco alumnos.

Les vio reir en voz baja y le contaron, sin demasiado entusiasmo, la historia del último chico que ocupó la que ahora era su cama.
- Él tampoco aguantó los métodos del colegio. - Le contaron mientras sacaban de la bolsa que habían recibido de manos del director una larga soga rematada en un ovalado nudo corredizo. - Y no tuvo más remedio que colgarse de la rama de un árbol.

Sintió una mano sujetando su brazo y, por mucho que intentó llorar en voz alta, supo no sería si no un silencio justificado en su camino a convertirse en la sexta víctima de aquella pandilla de asesinos.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Cómo Pulgarcito

Cada noche, su padre le contaba el cuento de Pulgarcito justo antes de dormirse. El viaje de ida sin vuelta, las miguitas de pan y las botas de siete leguas. Por ello, la noche que su padre no apareció con el libro en la mano y la sonrisa en el rostro, se preocupó mucho más de lo que hubiese debido. Su madre le dijo que se había marchado a por tabaco y aún no había vuelto. Así pues, se interesó por el lugar donde su padre compraba el tabaco de cada semana y salió a la calle con una barra de pan y las viejas botas del abuelo. A cada paso que daba, un sinfín de miradas se clavaban sobre su sombra, a cada miga que arrojaba, un manojo de incomprensiones vestían los gestos de la gente con la que se cruzaba. Al final encontró el estanco y se topó con la reja que le impedía el paso. Era demasiado tarde para llamar a la puerta y enfrentarse al ogro.

Se quedó llorando en la puerta hasta que una mano amiga le ofreció cobijo. El estanquero le refugió del frío y le puso un huevo frito en el que poder mojar el pedazo que le quedaba de pan. Por la mañana regresó a casa y en las lágrimas de su madre encontró más motivos de verdad que de cuento. Seguramente el héroe había vendido tabaco al ogro y Pulgarcito jamás volvería a abrir la puerta de su habitación.

jueves, 25 de febrero de 2010

Gloria y desgracia

La sangre tenía el sabor de una pelea callejera. El crochet de derecha se incrustó en su barbilla como una aguja busca el conducto arterial, retrocedió dos pasos y se cubrió con ambos brazos. Había pasado de ser favorito a ser destrozado. Se preguntó si le quedaba una última carta que jugar y supuso que, quizá, su única vía de escapa pasaba por una toalla en el suelo y una humillación en la memoria.

Alcanzó el rincón de las palabras perdidas y volvió a escuchar los consejos de quien un día se presentó como su nuevo entrenador. No le había enseñado demasiado de boxeo pero le había enseñado demasiadas cosas de la vida. Gracias a él, lo que antes eran golpes y victorias ahora eran sentimientos y aplausos. Gloria. O desgracia.

Se sentía desgraciado como antes se había sentido glorioso. Regresó al cuadrilátero y planteó una estrategia, buscó un resquicio, rezó una oración. No había manera de ganar aunque él sabía que seguía siendo el más fuerte. Esquivó como cuando era un juvenil y le obligaron a atrapar moscas con las manos y golpeó como cuando era un adulto y le dieron un cinturón de campeón del mundo.

Contempló a su rival en el suelo y respiró aliviado. Se había salvado por los pelos. Había ganado por los puños. Se abrazó a su entrenador sin demasiado entusiasmo y comprendió aquello de los sentimientos y los aplausos. Tiraría el cinturón al suelo y no volvería a subir jamás a un ring. Ya había sufrido demasiados sentimientos como para seguir llorando y ya había recibido los suficientes aplausos como para seguir peleando. Ya no le cabía más gloria, y tampoco más desgracia.