miércoles, 6 de julio de 2011

No mires atrás


-          - No mires atrás.

Orfeo desobedeció y Eurídice desapareció para siempre en el Aqueronte.

domingo, 3 de julio de 2011

Malos deseos

Nunca fui de desearle el mal a nadie, nunca fui amigo de los malos designios, siempre creí en la bondad de las personas, me fie de la capacidad de interpretación de cada uno y di margen de mejora a los que creí como equivocados. La esquirla que clavó mi conciencia en el lado oscuro flotaba en el aire el día que viajaba con mi coche y el termómetro interior marcaba cuarenta y dos grados. No éramos muchos los que tomamos el penúltimos desvío y tan solo dos los que cogimos la comarcal camino a la montaña. En los arcenes, el pasto seco se acumulaba como la invitación a una tea y en mi memoria palpitaba el último cartel luminoso de la autopista; "Precaución, riesgo de incendio". Fue entonces cuando vi aparecer aquella mano por la ventanilla, anillo dorado en el anular, vello oscuro sobre las muñecas y un cigarrillo humeante entre el índice y el corazón. A cada lado, los primeros pinos del bosque comenzaban a dibujar un paisaje verde y ocre que contrastaba en la mirada. Escondió la mano durante dos segundos y el halo de humo que escapó desde la ventanilla me hizo suponer que había dado una calada. Aminoró el paso y yo me situé tras él, esperando un acelerón o el fin de aquel cambio de rasante para poder adelantarle. Puso el cigarrillo, a medio terminar, sobre el pulgar y con la uña del índice hizo palanca para impulsarlo hacia la cuneta. Frené en seco, él desapareció sobre el horizonte y yo me apresuré a buscar el conato. Pisotée la colilla color bermellón y pataleé los arbustos secos para evitar que prendiesen. Regresé al coche e intenté alcanzarle; no lo hice, pero dejé atrás los principios y cerrando los ojos hice fuerzas para desear que aquel mal nacido ardiese en el infierno.

martes, 28 de junio de 2011

Miradas

Aquellos años como esforzado psicólogo de barra y tenderete le habían enseñado a leer entre líneas, a reconocer mil gestos y a aprender como hablaban las miradas. Eran muchas cañas de cerveza servidas como para no reconocer a un tipo que bebía para olvidar, al que bebía para esperar y al que bebía para resucitar. En la mirada triste de Amelia pudo descubrir la angustia de quien se sabe atrapada por el temor y la súplica de quien necesita una mano amiga que le hiciese rememorar viejos tiempos. Esteban, el marido que tantas veces le había puesto la mano sobre los hombros ahora era un monigote en las garras del vino tinto. En el barrio, entre goles y soles, entre famosos y honrosos gestos, sobrevivía la palabra recorriendo un rumor de esquina a esquina. Ya todos sabía que Esteban era el borracho de la calle de atrás y el dueño del bar donde liquidaba cada mañana dos botellas de vino no era ajeno al problema.

Apoyados los codos sobre la barra, escuchó el sollozo de Amelia.
- Por favor, no le vuelvas a poner una copa de vino.

Aquella había sido una mirada demasiado enternecedora como para guardarla en el olvido. Tratando de no obviar las súplicas escondió la trampa en el almacén y esperó que nunca llegase el momento de la tormenta. Pero las nubes acecharon el umbral del negocio cuando Esteban cruzó la puerta y pidió un vaso de vino. La primera mirada, cuando se creía en posesión del caldo, era de deseo, la segunda, cuando recibió la negativo, fue de enfado, y la tercera, cuando fue consciente de que no obtendría su premio, era de horror.

Entre la conciencia y el deber, el camarero anduvo luchando unos segundos contra su propia palabra. Supo, en el momento que le vio enfilar la puerta, que aquel hombre terminaría borracho en cualquier esquina a poco que encontrase un bar donde le fiasen dos botellas a cambio de una promesa que nunca cumpliría. Asomó la cabeza en el almacén y alargó la mano para fallarse a sí mismo. Cuando Esteban dio el primer trago pudo descubrir de nuevo aquella mirada que tanto le reconfortaba cada vez que hacía inventario nocturno de sus experiencias; era pura felicidad. Aquella carcajada escondida tras las pupilas era lo único que no tenía precio.

lunes, 13 de junio de 2011

Aquellos juegos

Recuerdo aquellos juegos que impregnaban el barrio de sonrisas, gritos y jadeos. Aquellos rescates en los que nos enfrentábamos a la carrera contra los del bloque de al lado, aquellas batallas de globos contra los del barrio de la vía, las tardes jugando a pañuelo cuando queríamos acercarnos a alguna chica, las mañanas jugandonos los cromos a los tejos contra los vecinos del primero, la tarde en la que jugamos al escondite y Tino nos ganó a todos después de encontrar un lugar imposible, la noche en la que tocamos todos los timbres del barrio y la policía dio un susto al pobre de Fermín y el verano en el que nos jugamos todos los ahorros a un partido de fútbol contra los de la calle de atrás.

Hoy he visto a la madre de Tino. Tendía prendas negras en la cuerda de su terraza, creo que me ha visto pero no ha tenido ganas de saludarme. Ni a mí, ni ha nadie de los que jugamos al escondite aquella tarde. Creo que nos reprocha que hayamos dejado el juego antes de tiempo. Ella, sin embargo, aún no se rinde y sigue creyendo que puede encontrarle.

miércoles, 8 de junio de 2011

Terapia

La niña de la cama del fondo le observaba ojiplática, el chavalín de al lado balbuceaba y los dos últimos inquilinos de la sala aplaudían exhaustos después de limpiar las lágrimas que les había producido la penúltima carcajada. Saltó entre los aparatos y giró sobre sí mismo para poner el final a su actuación y recibir, una vez más, aquella pequeña ovación que le hacía sentir el más grande. Los niños, con sus cabezas pelonas y sus ojos enrojecidos, permanecieron en la sala, rememorando el momento, mientras él se despedía a lo grande y buscaba una percha donde colgar su bata blanca. Pensó, antes de llorar a escondidas una vez más, que ante la muerte se debería luchar con dignidad y que antes de pasar al olvido, no había mejor remedio contra el dolor que un buen puñado de carcajadas.

martes, 7 de junio de 2011

Una caja de bombones

Uno de los pequeños diablos pendía de su mano boca abajo; sujetaba firmemente su tobillo y le enseñaba el fondo de un bidón de ácido casero donde ya yacían los cuerpos descompuestos de sus dos amigos. El viejo cascarrabias había terminado de perder la paciencia y los tres habían caído en la trampa del zulo bajo los maderos del porche. Solamente había tenido que tirar de una cuerda para que los tableros se desprendiesen y cayesen en la red. Atraparlos había sido más fácil, unas gotas de cloroformo, un par de nudos en los tobillos y a esperar a que despertasen para verles padecer en el patio trasero.

Despertó entre sudores. Como todos los años en el día de sus peores recuerdos, había engullido los veinticuatro bombones de licor de la caja del supermercado. Era un homenaje a su esposa, fallecida después de un atracón similar. Los sueños, cada vez, eran más reales. Pensó en ello cuando sintió, una vez más, los pasos de los tres pequeños demonios pululando por el jardín. Llegarían al porche, llamarían al timbre y le dejarían un regalo junto a la puerta. Una vez fue un excremento, otra vez un gato muerto y la última una foto de su esposa hecha trizas que le habían robado de la chaqueta en un descuido.

Esperó el timbrazo e hizo inventario. Ya tenía preparado el ácido y había comprado un buen frasco de cloroformo en el mercado negro. Si se daba prisa con los tableros del porche, probablemente tendría preparada la trampa para la próxima ocasión.

jueves, 2 de junio de 2011

Frente a las luces

- Me está llamando.
- ¿Quién?
- Ella.
- ¿Dónde?
- Dentro del bar.
- ¿Y la compra?
- Con un poco de suerte además de la fruta, el pescado y el fiambre, quizá pueda comprar un buen chuletón para la cena de esta noche.

La dejó pasar. Arrastró el carro tras la puerta y se acercó a la barra para cambiar un billete de cincuenta. Se quedó observando desde la parte de afuera del ventanal; los pasos rápidos, el rostro desencajado y la primera moneda resbalando por la ranura de la máquina tragaperras. No le había dicho nada y aquello le hacía sentir culpable. Las dos sabían que aquella noche no habría chuletón, como tampoco habría fruta, ni pescado, ni fiambre.

lunes, 30 de mayo de 2011

Un zapato en la escalera

¿Cómo se llamaba? Intentó recordar el nombre y solamente aparecía el brillo de una mirada en el umbral de su memoria. Seguramente, en el fragor de la fiesta, le había susurrado su nombre al oído mientras le acompañaba, con la falda del vestido recogida en su mano, en un baile de gala interminable. Malditos fuesen el vino y la prisa. Toda la vida soñando con ella y ahora no podía recordar su nombre. Al menos tenía un zapato. No le quedaba más remedio que llamar una a una a todas las puertas del reino.

martes, 24 de mayo de 2011

Una mancha de tomate

Restregó la alfombra con la punta del zapato mientras transportaba la bandeja con la cena camino al sofá. Aquella noche retransmitían un partido de fútbol y, en otra cadena, echaban una de esas series de policías que tanto le gustaban. La mancha de tomate seguía en la alfombra y no podía quitarla ni con químicos. Posó la bandeja entre las piernas y dio un mordisco al bocadillo de tortilla. Una gota de ketchup resbaló bajo su barbilla y cayó, a plomo, sobre la bandeja. En la tele, el equipo de blanco acababa de recibir un gol y en la mano, una servilleta buscaba la comisura del labio para limpiar la mancha. Otra mancha roja, como la de la alfombra. Sólo que esta sí era tomate y la otra no. Pero eso, sólo él lo sabía.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El cambio

Todo cambio requiere un periodo de adaptación, toda adaptación requiere tiempo, todo tiempo requiere paz. Andrés cambió, no se adaptó y nunca encontró la paz. El nuevo instituto era un lugar para niños de papá, melancólicos de la normalidad, jugaban a ser el más fuerte en los patios de recreo. Con dieciséis años pilotaban motocicletas de pequeña cilindrada, fumaban marihuana en los baños y se acostaban con las chicas que se arremangaban la falda.

Un día, Andrés quiso ser un mas y se encontró con un puñetazo en el ojo. No volvió a acercarse al grupo. Aislado como estaba comenzaron a llamarle el raro, el marginado o el solitario. Ninguno de esos apodos ayudaron en su adaptación al medio. Aprendió a gritar en silencio, a llorar sin lágrimas y a esperar su momento.

Su momento llegó el día de fin de curso. Vació la mochila de libros y los cambió por algunas armas del arsenal de su padre. Se llevó dos collejas al cruzar la puerta de entrada y enseguida supo que serían las últimas. "Hay qué luchar hasta el final", le hubiese dicho su padre, en plan marcial, con los pies juntos y la mano saludando sobre la frente. Aquellos entrenamientos en el campo de tiro del cuartel le iban a servir de algo.

El primer disparo causó confusión y un muerto. El resto causaron pánico y media docena de cadáveres más. Luchó hasta el final. Gastó la munición y dejó de gritar en silencio para hacerle saber al mundo que él no era un tipo raro si no un héroe en busca de su lugar en el mundo.