- - No mires atrás.
Honrar un estilo
Hace 2 semanas
Palabras y pequeñas historias
Recuerdo aquellos juegos que impregnaban el barrio de sonrisas, gritos y jadeos. Aquellos rescates en los que nos enfrentábamos a la carrera contra los del bloque de al lado, aquellas batallas de globos contra los del barrio de la vía, las tardes jugando a pañuelo cuando queríamos acercarnos a alguna chica, las mañanas jugandonos los cromos a los tejos contra los vecinos del primero, la tarde en la que jugamos al escondite y Tino nos ganó a todos después de encontrar un lugar imposible, la noche en la que tocamos todos los timbres del barrio y la policía dio un susto al pobre de Fermín y el verano en el que nos jugamos todos los ahorros a un partido de fútbol contra los de la calle de atrás.
La niña de la cama del fondo le observaba ojiplática, el chavalín de al lado balbuceaba y los dos últimos inquilinos de la sala aplaudían exhaustos después de limpiar las lágrimas que les había producido la penúltima carcajada. Saltó entre los aparatos y giró sobre sí mismo para poner el final a su actuación y recibir, una vez más, aquella pequeña ovación que le hacía sentir el más grande. Los niños, con sus cabezas pelonas y sus ojos enrojecidos, permanecieron en la sala, rememorando el momento, mientras él se despedía a lo grande y buscaba una percha donde colgar su bata blanca. Pensó, antes de llorar a escondidas una vez más, que ante la muerte se debería luchar con dignidad y que antes de pasar al olvido, no había mejor remedio contra el dolor que un buen puñado de carcajadas.
Todo cambio requiere un periodo de adaptación, toda adaptación requiere tiempo, todo tiempo requiere paz. Andrés cambió, no se adaptó y nunca encontró la paz. El nuevo instituto era un lugar para niños de papá, melancólicos de la normalidad, jugaban a ser el más fuerte en los patios de recreo. Con dieciséis años pilotaban motocicletas de pequeña cilindrada, fumaban marihuana en los baños y se acostaban con las chicas que se arremangaban la falda.