lunes, 7 de febrero de 2011

Insomnio

La sábana se había convertido en una pesada losa bajo la que revolverse cada madrugada. La almohada, antaño dulce compañera de aventuras bajo la luz filtrada de la luna, era ahora un incómodo enemigo que le impedía colocar las cosas en el debido orden. Desde colchón parecían crecer mil cuchillos, había murciélagos en el techo y arañas en el suelo. Todo estaba predispuesto para que le resulatar imposible escapar de allí.

Sobre la mesilla, y recogida en una docena de círculos, conservaba la soga, lazo delantero incluido, con la que se había colgado quien antaño fuese su esposa. Había sido aquel día el punto de inflexión que había terminado por disolver su felicidad. El entusiasmo se convirtió en desolación, la ilusión en pesadumbre, la esperanza en desgana.

Tomó la soga y afrontó sus miedos, bajó hasta el sótano y buscó el saliente. Mismo lugar, misma hora, distinto día pero un mismo destino. Cuando observó a sus pies temblar a medio metro del suelo, supo que el insomnio había terminado para siempre.

Había niebla a su alrededor, una inquietante y espesa niebla. Ya no había cuerda alrededor de su cuello cuando había abierto los ojos, ya no había arañas, ni murciélagos, ni losas, ni cuchillos, ni almohadas de acero. Había niebla y un sonido embaucador. Entre la espesura apareció una mano, tras la mano, divisó el brazo y tras el hermoso cuerpo de mujer reconoció la cara de su esposa. Le abrazó con dulzura y se aferró a su pecho. Con voz baja, a medio camino entre un beso y un susurro, le dijo la verdad.

- Yo tampoco podía dormir, cariño.

jueves, 3 de febrero de 2011

La última patente

Como buen creador de patentes, cada noche soñaba con una nueva invención. Suyas habían sido la fregona inteligente, el router de pequeño tamaño, el coche dirigido por un navegador, el papel impermeable y el motor de helio para trasbordadores espaciales. En el mundillo de los patentadores, era poco menos que el rey, el auténtico amo del negocio.

La primera noche que durmió con ella soñó con un alimento que, en una mínima proporción de un gramo, saciase tanto que no volviesen a entrar ganas de comer y, al mismo tiempo, ayudase a rebajar la grasa acumulada. Una auténtica revolución en la dietética; lo llamaría "Saciatín". La segunda noche a su lado, soñó con un dispositivo que, introducido en la boca, limpiaría a la perfección aquellos restos de suciedad que quedasen en los dientes. Toda una iniciativa a favor de la odontología; lo llamaría "Bocasana". La tercera noche, abrazado a su cuerpo escultural, soñó con un pequeño chip que, colocado sobre la nuca, ayudaría al usuario a recordar todos y cada uno de sus asuntos pendientes. Una auténtica maravilla para los ejecutivos que llevasen todo el control de sus empresas en la cabeza; lo llamaría "Agenda mental". La cuarta noche, simplemente desapareció.

Anduvo trabajando durante un par de semanas en sus nuevos proyectos hasta que recibió la revista mensual a la que estaba suscrito desde hacía más de veinte años. No pudo dar crédito a lo que veían sus ojos; una empresa, de nombre "Patentes sin fronteras" había comenzado a comercializar tres productos totalmente revolucionarios, "Saciatín", "Bocasana" y "Agenda mental". Inmediatamente se dirigió al registro de patentes y, balbuceando, intentó poner una denuncia sin pruebas. "Esas ideas eran mías". "Pase por aquí, por favor".

La sala estaba llena de viejos amigos y competidores. Todos maldecían a "Patentes sin fronteras". "A mí robó mi idea de ordenador plegable y proyectable" decía uno, "Pues a mí me robaron mi pequeño teléfono auricular reconocedor de voz, receptor y proyector de mensajes hablados", replicaba otro. "Yo soñé con una raqueta de material fíbrico de dos gramos de peso y a los cuatro días ya estaba en el mercado". "Yo pensé en el detector automático de fueras de juego y a las dos semanas ya lo estaban utilizando en la Bundesliga".

"Lo más extraño de todo es que nunca lo comentamos con nadie".

"Yo tampoco lo hice con mi "generador de trabajo rápido", dijo un tipo gordo y calvo al que nadie conocía. "¿Y eso qué es?". "Pues un diminuto film incluído en un proyector de sondas que, al visionarlo, aumenta la capacidad de tarea del cerebro hasta tal punto que, trabajos que pueden llevarte hasta un año, se pueden realizar en uno o dos días". "¡Qué maravilla!".

En aquel momento todos miraron hacia el televisor que se alzaba en uno de los rincones de la sala y vieron salir a una mujer esbelta, guapa, sensual, conquistadora.

"¡Pero si esa es Betty!" "¡No, es Elizabeth!" "¿Pero qué dices? ¡Es Teresa!" "¿Cómo? ¡Esa mujer es Cristina!" "No teneís ni idea, yo me he acostado con ella", "Y yo también". "Y yo", "Y yo".

Todos se habían acostado con la mujer de voz templada y figura escultural que, con la mirada brillante y un pequeño objeto en la mano, se disponía a hablarle a las cámaras. El rótulo la presentó ante el mundo como "Marta Flanders", directora general de "Patentes sin fronteras". Todos quedaron boquiabiertos, ni era Betty, ni era Elizabeth, ni era Teresa, ni era Cristina, ni era una pobre empleada del hogar en busca de calor. "Esto que veis aquí", dijo con voz firme, "se llama ladrón de sueños".

Lo que ellos no sabían es que, en el bolsillo de su chaqueta, ella guardaba un pequeño objeto tecnológico cuyo nombre era "ladrón de recuerdos". No servía para borrarle la memoria a nadie, pero sí para que, cierto día, cualquier hombre al que se acercase, terminase acostándose con Betty, con Elizabeth, con Teresa o con Cristina, sin que recordasen haberlo hecho antes en ninguna otra ocasión.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El alma a precio de saldo

Llevaba más de ocho años sin ver la luz, exactamente desde el día que había arrancado la nuez de un bocado a uno de sus compañeros de recreo. Después de quemar la biblioteca, orinar en el cesto de la rompa limpia, escupir sangre sobre la comida y arañar las paredes de su celda, a aquel acto de perversión había sumado la muerte de dos funcionarios de prisiones que intentaron poner paz.

Intentó hacer uso de su memoria y recordó por qué le habían encarcelado. Era un tipo multimillonario, con aspiraciones de vivir a todo confort y muchos sueños por delante. Solamente una cosa le impedía disfrutar la vida con auténtico frenesí: el incontrolable impulso de matar. Lo hizo con su esposa, con su amante, con su chófer y con su ama de llaves. Cuando ya no encontró más lugares para esconder los cuerpos y la policía puso sobre él todas las sospechas a causa de tantas desapariciones consecutivas, confesó su culpa no sin antes tirarse al cuello de uno de los agentes que le interrogaba.

De su mansión de lujo pasó a la celda de una prisión psiquiátrica. De como había llegado a ser millonario apenas tenía noción, la locura había borrado gran parte de su memoria. Antes de ser rico era un hombre feliz, ese recuerdo sí le arrancó su primera sonrisa después de una década de sed incontrolada. Era un trabajador honrado que pasaba los días madrugando y llenando su casa de muebles y a su mujer de besos. Hubo un día en el que soñó ser rico y se jugó una apuesta a la lotería. Tanto pidió su suerte que alguien le ofreció un pacto. Te cambio a tí por tu futuro. Y así lo hizo.

Por más que intentaba romperse la crisma, era incapaz de hacerse daño. Ni los frascos de pastillas, ni las navajas de afeitar, ni las caídas de distinto nivel le producían el más mínimo dolor. Siempre imperecedero, siempre vivo. Tan dolorosamente vivo como aquel día en el que miró el décimo de lotería y a cambio de su suerte le vendió el alma al tipo que apareció en su sueño. Tenía forma de cabra, fuego en el látigo y decía llamarse Lucifer.

martes, 25 de enero de 2011

Un trabajo a medio terminar

La calle le resultaba demasiado fría después de haber acostumbrado a sus huesos a doce años de noctura soledad. La prisión, más allá de los clásicos, era aún más ténue de lo que había imaginado, quizá había echado en falta un par de disputas en el comedor y una cuchara sobre la garganta, igual que en aquella película que vio de niño y cuyo título no podía recordar.

No había nadie en su antigua casa y le había costado convencer al conserje que le devolviera su viejo juego de llaves. Sus padres habían muerto mientras él se pudría en la cárcel y el resto de sus primos habían preferido olvidar todos aquellos juegos infantiles para renegar de la oveja negra de la familia. En el suelo, junto a la puerta, había una vieja nota escrita a mano cuyos pliegues habían sido castigados por el tiempo y la humedad. Limpió el polvo de su descosido sofá de escai y se sentó para leer las seis palabras del anverso.

"Tienes un trabajo a medio terminar".

La dirección del reverso la conocía de sobra. Fue allí donde le cazaron con las manos en la masa a causa de la necesidad y había tenido que echar mano de la pequeña pistola que le habían dejado prestada. Sin factura de compra de por medio, ni compañero que le echase una mano, hubo de cargar con el robo del arma y con el delito de agresión por disparo de bala. Total, veinte años y un día reducidos a ciento cuarenta y cinco meses. Incluso era capaz de contar los días, uno a uno.

Se cubrió con un viejo gabán que aún conservaba en el armario ropero y cerró la puerta dejando tras de sí las cientos de millones de motas de polvo que se habían acumulado en los muebles de su piso durante aquella larga ausencia.

La ciudad era demasiado fría en invierno como para recorrerla a pie y arriesgarse a terminar con los pies engullidos por la congelación. Tomó un taxi y pagó con el penúltimo billete que le quedaba en el bolsillo. La casa del corredor de bolsa seguía siendo tan impactante como antes; su fachada de piedra, sus ventanales de cara al atardecer, su tejado de pizarra y su jardín plagado de flores.

Entró sin llamar y encontró, sobre el taquillo del recibidor, la misma pequeña pistola que había utilizado doce años atrás. Al final del pasillo, un tipo en silla de ruedas se desplazaba lentamente hacia él. Le fue observando poco a poco y sonrió amargamente a medida que le fue reconociendo. El mismo peinado, los mismos ojos de maldito encantador de serpientes y las mismas gafas de montura de pasta que tanto aire de confianza le habían dado hacía casi trece años, el mismo día que se había cruzado en su vida y le había convencido para confiarle todos sus ahorros en una inversión segura.

La inversión había resultado ser una tapadera, la tapadera una estafa y la estafa le había llevado a la ruina. Cuando había visitado aquella casa por primera vez, iba con la intención de recuperar todo su dinero y se marchó con las manos llenas de sangre y la mirada clavada en tipo tendido en el suelo con un disparo en la cabeza. Aquel sufrimiento del ser ajeno había sido la única satisfacción que le había permitido sobrevivir todos aquellos años en una celda de castigo. Bien pensado, haberlo dejado paralítico había sido aún mejor que matarle.

Abrió los brazos en el momento que paró la silla a dos pasos de él y le gritó con rabia contenida.
- ¡Adelante! ¡Termina lo que dejaste a medias!

Se permitió el lujo de sonreir una vez más. Dejó la pistola entre las piernas de su víctima y se marchó por la puerta casi sin hacer ruido.
- Hazlo tú si tienes huevos.

Se volvió para cerrar la puerta y no temió un disparo por la espalda porque conocía el final de la historia.
- Yo hace tiempo que cobré mi deuda.

martes, 11 de enero de 2011

Sobrevivir

A menudo tirábamos una piedra y saltábamos a la pata coja evitando pisar las rayas de las casillas. Los números los dibujábamos con tiza y el suelo se convertía en nuestra mejor colchoneta. Había días en los que fabricábamos una pelota y jugábamos durante horas al balón prisionero, otros, sobre todo en vacaciones, corríamos como locos para ver quien ganaba el rescate y si nos apetecía hacer el bruto, nos montábamos encima de los compañeros y gritábamos aquello de "¡Burro va!".

Ahora nos tiran piedras y ni podemos esquivarlas, caminamos a la pata coja porque nos cercenan las intenciones, dibujamos con tinta china mientras temblamos por el miedo a equivocarnos y si acabamos en el suelo será de rodillas suplicando una segunda oportunidad. En la oficina hay pelotas y juegan contigo a hacerte su prisionero, apenas hay vacaciones y cuando el tiempo regala un día libre no tienes ganas de correr aunque sigues esperando una mano amiga que te rescate. Dejamos que hagan el bruto con nosotros y dejamos que nos griten la cara mientras nos hacen sentir como un triste burro de carga.

Aquello era vivir. Ahora se trata de sobrevivir.

martes, 4 de enero de 2011

Cinco días

Cuando recibió aquella llamada anónima en el que le advertían que no le quedaban más de cinco días exactos de vida, no quiso darle más importancia que la de una anécdota banal. Según su reloj, el día cinco se cumpliría en el plazo concreto de de dos minutos y, aunque no quería sentirse angustiada, tampoco tenía la cabeza como para no tomarse las cosas a pecho. Era una chica demasiado anónima como para despertar el interés de alguien, demasiado sencilla como para resaltar por encima de las demás, demasiado cotidiana como para pensar que alguien hubiese estado pensando en ella con el fin de gastarle una broma macabra.

Pagó el diario al kioskero y sacó el teléfono móvil de su bolso. Desde que había sonado hacía cinco días a aquella misma hora, no había parado de mirarlo cada mañana por la intriga de averiguar si la voz que había escuchado tras la línea volvería a aparecer a las nueve de la mañana. No lo hizo. Aún así, le resultaba demasiado fácil recordar aquel tono metálico, casi apagado y un tanto estridente, parecía realmente sacado de una película de terror.

Esperó a que el semáforo se pusiera en verde para los peatones y comenzó a cruzar el paso de cebra. Por un segundo se vio rezagada por cuenta de sus recuerdos. Volvió a sacar el móvil del bolso y miró la hora. Habían pasado cuatro minutos de la hora acordada y no le había ocurrido nada. Permaneció pensativa un momento, lo justo para recordar que hacía seis días había atrasado la hora del teléfono en cuatro minutos para obligarse a ser puntual en una cita, lo justo para no ver venir al camión que se había saltado el semáforo y que llegaba desde su derecha a toda velocidad.

martes, 21 de diciembre de 2010

Luna de miel

Jamás había imaginado sentirse tan feliz como en aquel momento. El lugar era el más hermoso, el momento era el más idóneo y la compañía era inmejorable. Desde lo alto de la cubierta podían divisar los pequeños islotes que dibujaban un archipiélago de fantasía en mitad de un mar de color turquesa. Más allá de la línea del horizonte, el sol de los últimos días de verano caía a plomo sobre las aguas tranquilas. Permanecía apoyado en la barandilla, junto a él, la esposa de su compañero de viaje intentaba darle conversación mientras esperaban saborear el penúltimo cocktail del día.

Hacía un par de minutos que su marido se había ofrecido a traerles un par de Long Island Ice Tea mientras les dejaba contemplar el atardecer en solitario. Más abajo, en el camarote de su compañero, la esposa de este seguía aderezándose para presentarse como una dama espectacular en la zona de gala de aquella noche. "Quince minutos y estoy contigo", le había dicho a su esposo, "puedes subirte con ellos y esperarme en la cubierta". Miró el reloj. Ya habían pasado dieciocho minutos y su bella mujer seguía siendo un desastre en puntualidad.

Se escuchó un alboroto y seguidamente miraron hacia el mar para contemplar el fabuloso espectáculo de una familia de tiburones. Sabía que a su esposa le impresionaban aquellos animales y pidió un minuto para dirigirse al camarote. "Voy a avisarla", le dijo a su acompañante. El cocktail seguía sin llegar y aquel número circense merecía ser visto en la mejor compañía.

Abrió la puerta tras bajar un par de plantas a pie y escuchó sus propios jadeos mientras sacaba la llave electrónica de la cerradura. Los jadeos continuaron y pensó en detenerse a descansar antes de decir una sola palabra. Pero más allá del descanso continuó un sonido cada vez más esclarecedor. Esta vez no era su cansancio, ni su ilusión, ni su impaciencia. Los cocktails no estaban sobre la mesilla, pero en la cama estaban su esposa y el marido de su acompañante. Desnudos, apasionados, avergonzados ante la situación. Cerró la puerta provocando un sonido seco y regresó de nuevo a la cubierta. La gente se arremolinaba sobre la barandilla observando a los tiburones seguir al barco con ahinco casi profesional. "Pobres", pensó antes de hacerse un hueco entre la multitud, "seguro que necesitan un poco de alimento".

Encontró a su compañera de observaciones y le guiñó un ojo cómplice, se aferró a la barandilla y tomó impulso hasta situarse al otro lado. Escuchó un par de advertencias y se lanzó al agua para expiar sus pesares. Al fin y al cabo, él ya había perdido toda la carnaza a la que había podido aspirar.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Abogado defensor

A aquellas alturas de la vida era demasiado tarde para sopesar que era lo que estaba bien y que era lo que estaba mal. Realmente, mientras duraron sus mejores días de fiscal, todo había sido vanidad, acusaciones en firme y casos ganados con firmeza. Ahora estaba en el bando contrario, en el de los abogados defensores de causas perdidas, en el de los tipos sin escrúpulos que eran capaces de vender a su madre con tal de refutar una pista falsa.

Aquel hombre al que representaba tenía seis asesinatos en su haber y ninguna prueba que le vinculase hacia la culpabilidad. Hacer aquel trabajo era fácil, gracias a su verbo locuaz había sido capaz de desmantelar testimonios, hacer dudar al jurado y desacreditar a quienes hasta hacía pocos años habían sido sus compañeros. Todo por un buen puñado de euros.

Cuando consiguió sacar adelante aquel alegato de inocencia, se preguntó si valía la pena dar palmaditas en la espalda a tipos como aquel y miró a su alrededor para decirse a sí mismo que sin escrúpulos no se conseguían todos aquellos lujos. Hubo un día, meses más tarde, en el que le llamaron por teléfono para decirle que su defendido había reincidido y ahora tenían pruebas. Se puso su mejor traje, se dirijió a la sala de interrogatorios y saltó por los aires mientras observaba como un chiflado reventaba de un disparo su tanque de gasolina con una escopeta de caza.

El titular del periódico, al día siguiente, hablaba de venganza contra el abogado defensor. "El padre de la chica asesinada admitió haber matado al abogado como responsable de la puesta en libertad del asesino".

El monstruo, sin ángel de la guardia que lo amparase, fue declarado culpable y encontrado muerto, días después, colgado de las sábanas de su propia celda. Nueve cadáveres después quedó flotando en el aire la duda de si merecía la pena justificar aquellos medios para alcanzar un fin tan trágico. El dinero, como bien tangible, nunca tendrá poder adquisitivo sobre las cosas intangibles. La conciencia, el honor, la dignidad y la justicia nunca tendrán precio por más que las promesas, los sueños, las palabras y los cumplimientos se conviertan en triste realidad.

martes, 14 de diciembre de 2010

Pecados capitales

A estas alturas de la vida debería empezar a temer al infierno. Si es cierto todo aquello que me contaron de pequeño, he pecado más de lo común y he infringido, la mayoría de las veces a propósito, los códigos deontológicos que trataron de imponerme como caminos inexcrutables hacia la eternidad.

He disfrutado banquetes de vanidad y me he sentido henchido de los mejores manjares del mundo. A menudo he regresado a la cama con el estómago pleno y la mente satisfecha. He dormido a pierna suelta mientras los intestinos digerían mi gula camino de un recto que siempre ha encontrado una vía de escape.

He dormido como un lirón cada vez que el cuerpo me ha solicitado unas horas de tregua y, generalmente, han sido demasiado los días en los que me he negado a abrir los ojos al mundo pese a ver destellar sobre mi ventana los rayos de un imponente sol. He soñado con verdades y me he despertado con mentiras para volver a retozarme entre las sábanas mientras me concienciaba a mí mismo del inútil asueto de mi pereza.

He pecado mil veces de orgullo y en mi poder de decisión he condenado a más de una persona al ostracismo más innecesario. Algunas veces, mientras saboreaba alguna fruta prohibida, he dictado sentencias de costumbrismo y por mi propio capricho he terminado dando portazos a los problemas más serios. La soberbia me ha cegado y, sin embargo, yo he seguido hacia adelante sin pedir perdón mientras he sido consciente de que la razón me iba acompañando sin ambagues.

He guardado mis tesoros en mil cajas fuertes temeroso de perder mi fortuna en manos insensatas. He gastado sin malgastar, he heredado sin repartir y he multiplicado mi fortuna sin hacer guiños a la incompetencia. Me he lucrado a manos llenas de la ignorancia de los demás y mientras rumiaba mi propia avaricia me he sentido libre de remordimientos siempre que conseguía un pedazo más de beneficio gracias a mi esfuerzo.

He deseado más que nadie asaltar las fronteras de la competencia. He investigado éxitos, he despedido a directivos y he espiado laboratorios de manera clandestina. Siempre he deseado llegar más allá que el resto de los humanos y si llaman envidia a aquello de odiar el éxito ajeno, debo ser un tipo demasiado envidioso si creo que el vecino ha llegado a la cima antes que yo sin apenas merecerlo.

He organizado orgías sin control, me he retozado en oro mientras saboreaba exquisitos senos siliconados, he experimentado el placer por medio del lujo y he comprado sexo con infames cantidades de dinero. En cada bacanal privada, en cada gramo de mi lujuria he comprendido que la vida es aquel camino cuyos tramos estrechos se recorren más fácilmente con una satisfacción en el alma.

He escupido a los demonios de la noche mientras despertaba al mundo con mis arranques de locura, he gritado al cielo oscuro, he destruido regalos de diseño y he escapado más de una vez de la realidad con enfados monumentales. He sido preso de la ira en más de una ocasión y generalmente he regresado a mi cama sin acudir a la disculpa como método hacia la redención.

He pecado de mil maneras y, sin embargo, no tengo miedo al infierno porque nunca he sido injusto. He devorado manjares pero siempre compartí mis banquetes, he dormido hasta el hastío pero nunca desperté a nadie sin motivo, he sido altamente orgulloso pero nunca herí el orgullo de nadie por placer, he sido avaricioso pero nunca robé un céntimo a quien lo necesitaba, he deseado fortunas ajenas pero nunca me aproveché de mis trampas para conseguirlas, he gozado de los placeres ajenos pero siempre procuré ser recíproco en cuanto al disfrute de los míos, he gritado sin razón más nunca me arrebolé cuando otros me reprocharon desaciertos si era verdad de lo que me acusaban.

Así pues ¿Pesan más los actos o las consecuencias? Creo que nadie ha llorado por mi culpa habiendo placer de por medio, nadie ha sufrido mis desvelos si eran míos los problemas, nadie ha muerto de frío por ser yo quien ha robado su manta. He sido pecador, sí, pero moriré sin miedo a nada porque sigo teniendo la conciencia tranquila.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Un ramo de rosas

Acabo de cruzarme con mi amiga Irene. Con su humilde simpatía y su buen humor de cada año me estado contando su vida y como hace un par de horas se ha cruzado con mi marido en la Calle Mayor. Me dijo haberle visto muy guapo, elegántemente vestido y con un ramo de rosas rojas en la mano. Me ha preguntado si me gustaron las rosas. Evidentemente he contestado que sí, una no es nadie sin un marido detalloso, he dicho. No he querido decirle que aún no he regresado a casa para verlas, tampoco le he dicho que mi marido está de viaje de negocios y, mucho menos aún, he querido hacerle saber que soy alérgica a las flores.