Cuando recibió aquella llamada anónima en el que le advertían que no le quedaban más de cinco días exactos de vida, no quiso darle más importancia que la de una anécdota banal. Según su reloj, el día cinco se cumpliría en el plazo concreto de de dos minutos y, aunque no quería sentirse angustiada, tampoco tenía la cabeza como para no tomarse las cosas a pecho. Era una chica demasiado anónima como para despertar el interés de alguien, demasiado sencilla como para resaltar por encima de las demás, demasiado cotidiana como para pensar que alguien hubiese estado pensando en ella con el fin de gastarle una broma macabra.martes, 4 de enero de 2011
Cinco días
Cuando recibió aquella llamada anónima en el que le advertían que no le quedaban más de cinco días exactos de vida, no quiso darle más importancia que la de una anécdota banal. Según su reloj, el día cinco se cumpliría en el plazo concreto de de dos minutos y, aunque no quería sentirse angustiada, tampoco tenía la cabeza como para no tomarse las cosas a pecho. Era una chica demasiado anónima como para despertar el interés de alguien, demasiado sencilla como para resaltar por encima de las demás, demasiado cotidiana como para pensar que alguien hubiese estado pensando en ella con el fin de gastarle una broma macabra.martes, 21 de diciembre de 2010
Luna de miel
Jamás había imaginado sentirse tan feliz como en aquel momento. El lugar era el más hermoso, el momento era el más idóneo y la compañía era inmejorable. Desde lo alto de la cubierta podían divisar los pequeños islotes que dibujaban un archipiélago de fantasía en mitad de un mar de color turquesa. Más allá de la línea del horizonte, el sol de los últimos días de verano caía a plomo sobre las aguas tranquilas. Permanecía apoyado en la barandilla, junto a él, la esposa de su compañero de viaje intentaba darle conversación mientras esperaban saborear el penúltimo cocktail del día.jueves, 16 de diciembre de 2010
Abogado defensor
A aquellas alturas de la vida era demasiado tarde para sopesar que era lo que estaba bien y que era lo que estaba mal. Realmente, mientras duraron sus mejores días de fiscal, todo había sido vanidad, acusaciones en firme y casos ganados con firmeza. Ahora estaba en el bando contrario, en el de los abogados defensores de causas perdidas, en el de los tipos sin escrúpulos que eran capaces de vender a su madre con tal de refutar una pista falsa.martes, 14 de diciembre de 2010
Pecados capitales
A estas alturas de la vida debería empezar a temer al infierno. Si es cierto todo aquello que me contaron de pequeño, he pecado más de lo común y he infringido, la mayoría de las veces a propósito, los códigos deontológicos que trataron de imponerme como caminos inexcrutables hacia la eternidad.jueves, 2 de diciembre de 2010
Un ramo de rosas
Acabo de cruzarme con mi amiga Irene. Con su humilde simpatía y su buen humor de cada año me estado contando su vida y como hace un par de horas se ha cruzado con mi marido en la Calle Mayor. Me dijo haberle visto muy guapo, elegántemente vestido y con un ramo de rosas rojas en la mano. Me ha preguntado si me gustaron las rosas. Evidentemente he contestado que sí, una no es nadie sin un marido detalloso, he dicho. No he querido decirle que aún no he regresado a casa para verlas, tampoco le he dicho que mi marido está de viaje de negocios y, mucho menos aún, he querido hacerle saber que soy alérgica a las flores.jueves, 25 de noviembre de 2010
Regreso a casa
Todas las tardes regreso a casa después de mis partidas de mus junto a mis antiguos compañeros de oficina. Desde que no tengo nada que hacer me resulta más fácil pensar y más difícil regresar para volver a verte.martes, 23 de noviembre de 2010
Rueda de reconocimiento
La llevaron a una pequeña sala de paredes desnudas y frío estremecedor. Hacía cinco días que había puesto la denuncia por violación y la policía ya había cazado a unos cuantos sospechosos para ponérselos en bandeja de plata. El inspector Moreno le habló con cariño y cuidado.
- Puede usted estar tranquila. No podrán verla.
Cuando descorrieron la cortina pudo vislumbrar, cegada por el fulgor de los focos que alumbraban la sala tras la cristalera, a cinco hombres con el rostro tapado y el cuerpo totalmente desnudo.
Era, sin duda, la situación más rocambolesca en la que se había metido en toda su vida. Después de aquella salvaje intercepción en pleno portal, no le quedaba más recuerdo de aquel hombre que no fuese el de un lunar en la parte superior de su pene. No pudo ver más, ni ojos, ni boca, ni nariz, solamente un pene enorme coronado con un lunar que la condujo a lugar que nunca pudo haber imaginado.
- Tómese su tiempo. - le dijo el inspector.
Los sospechosos bajaron sus calzoncillos al escuchar la orden y pudo divisar cinco lunares perfectamente colocados en la parte superior de cada uno de los penes. Pero ella recordaba exactamente como era aquel lunar. Era exactamente igual al que tenía el sospechoso que estaba situado más a la izquierda.
- Ese es. - Dijo con la voz firme, mientras señalaba a un sospechoso equivocado.
- ¿Está usted segura?
- Sí.- Contestó esta vez mirando al suelo para que el inspector no descubriese en su mirada aquel hilo de mentira.
Observó como un agente vestido de uniforme se llevaba del brazo al sospechoso señalado mientras, por el otro lado, el auténtico violador se marchaba con paso firme por la otra esquina del escenario. Si le dejaban libre y ella volvía a frecuentar la calle en la que todo había ocurrido, quizá, con un poco de suerte, volvería a ver aquel lunar mucho más cerca esta vez.
martes, 16 de noviembre de 2010
Ojos de miedo
Lo primero que divisó fueron ojos de miedo. Miedo a la muerte, a la indecisión, a lo esperado y, aún más, a lo inesperado. Apuntó con la mirada firme, mientras intentaba divisar a la gente por encima de la tela del pasamontañas. Al menos, la lana que le cubría la cara podía darle un aspecto más temible y disimularía su gesto de incertidumbre. En el fondo, él también tenía miedo. Miedo a la cruda realidad, miedo a ser encerrado, miedo a ser descubierto y pasar toda la vida saboreando el amargor de la vergüenza. No podía esconder la mirada y es por eso que quiso divisar un gesto de confianza por parte del tipo que se mostraba sin temor detrás del cristal acorazado. Intentó poner voz de tipo duro y le ordenó salir mientras tomaba por la fuerza a una joven que andaba agachada por allí.
No pensaba hacerle nada, pero tampoco quería que la situación se pusiera mucho más complicada. Cuando al fin vio salir al cajero y asió con fuerza la bolsa del dinero, disparó al aire para descargar toda la tensión y se marchó por la puerta intentando disimular una discrección imposible.
Salió a la calle y se arrancó la máscara al tiempo que corría en direción a su coche. Mientras huía, y escuchaba la sirenas de la policía sonar a lo lejos, pensaba en lo dulce que resultaba el sabor de la venganza. Tal y como le habían dicho.
Hacía unos meses era un empleado ejemplar, un director de sucursal sin sobresaltos, un padre de familia íntegro y un ciudadano a imitar. Ahora era un tipo en paro, despedido por un trepa sin escrúpulos y buscando en la misera un lugar para sus hijos.
No había hecho si no llevarse lo que era suyo y, de paso, dejar constancia de que aquel lugar era menos seguro ahora que no estaba él.
jueves, 11 de noviembre de 2010
El viejo escritorio del abuelo
El anticuario me observó con esa cara de pocos amigos que únicamente gastan aquellos que tienen una esquirla en el recuerdo mientras observaba la fotografía que le había sacado al viejo escritorio del abuelo.Hacía dos meses que papá había dejado en él su particular nota de suicidio. Fue cuando supo que yo no era hijo suyo. Mi madre, avergonzada por los pecados de su juventud me había confesado quien era mi verdadero padre.
El escritorio ya no estaba en casa y yo quería creer en maleficios. Me acerqué a la tienda del anticuario y, además de un camión de mudanzas, encontré una nota escrita a bolígrafo pegada en la puerta: “Cerrado por defunción”.
Los operarios traían los muebles de la casa del anticuario para ampliar la exposición. Una mujer de luto les indicaba y los chicos dejaron sobre la acera el viejo escritorio del abuelo. Entonces sonó el teléfono móvil. Era mi madre.
- Tu padre ha muerto. Dicen que se ha suicidado.
- Lo sé. – Contesté mientras observaba el escritorio con satisfacción y me preguntaba cuándo tendría yo aquella cara de pocos amigos que únicamente gastan aquellos que tienen una esquirla en el recuerdo.
Entonces regresaría allí para recuperar lo que era mío.
miércoles, 27 de octubre de 2010
El sabor de la victoria
Desconocía cual era el sabor de la derrota. Durante meses, incluso años, llevaba devorando labios, saboreando lenguas ajenas al ritmo que le imponía su animada testosterona. Era un tipo moderno con aires de toda la vida. Pelo engominado, camisa impecable y labios carnosos con los que conquistar mil ciento un corazones. Llevaba escrupulosamente la cuenta anotada en una vieja libreta de andar por casa.