martes, 23 de noviembre de 2010

Rueda de reconocimiento

La llevaron a una pequeña sala de paredes desnudas y frío estremecedor. Hacía cinco días que había puesto la denuncia por violación y la policía ya había cazado a unos cuantos sospechosos para ponérselos en bandeja de plata. El inspector Moreno le habló con cariño y cuidado.

- Puede usted estar tranquila. No podrán verla.

Cuando descorrieron la cortina pudo vislumbrar, cegada por el fulgor de los focos que alumbraban la sala tras la cristalera, a cinco hombres con el rostro tapado y el cuerpo totalmente desnudo.

Era, sin duda, la situación más rocambolesca en la que se había metido en toda su vida. Después de aquella salvaje intercepción en pleno portal, no le quedaba más recuerdo de aquel hombre que no fuese el de un lunar en la parte superior de su pene. No pudo ver más, ni ojos, ni boca, ni nariz, solamente un pene enorme coronado con un lunar que la condujo a lugar que nunca pudo haber imaginado.

- Tómese su tiempo. - le dijo el inspector.

Los sospechosos bajaron sus calzoncillos al escuchar la orden y pudo divisar cinco lunares perfectamente colocados en la parte superior de cada uno de los penes. Pero ella recordaba exactamente como era aquel lunar. Era exactamente igual al que tenía el sospechoso que estaba situado más a la izquierda.

- Ese es. - Dijo con la voz firme, mientras señalaba a un sospechoso equivocado.

- ¿Está usted segura?

- Sí.- Contestó esta vez mirando al suelo para que el inspector no descubriese en su mirada aquel hilo de mentira.

Observó como un agente vestido de uniforme se llevaba del brazo al sospechoso señalado mientras, por el otro lado, el auténtico violador se marchaba con paso firme por la otra esquina del escenario. Si le dejaban libre y ella volvía a frecuentar la calle en la que todo había ocurrido, quizá, con un poco de suerte, volvería a ver aquel lunar mucho más cerca esta vez.

martes, 16 de noviembre de 2010

Ojos de miedo

Lo primero que divisó fueron ojos de miedo. Miedo a la muerte, a la indecisión, a lo esperado y, aún más, a lo inesperado. Apuntó con la mirada firme, mientras intentaba divisar a la gente por encima de la tela del pasamontañas. Al menos, la lana que le cubría la cara podía darle un aspecto más temible y disimularía su gesto de incertidumbre. En el fondo, él también tenía miedo. Miedo a la cruda realidad, miedo a ser encerrado, miedo a ser descubierto y pasar toda la vida saboreando el amargor de la vergüenza.

No podía esconder la mirada y es por eso que quiso divisar un gesto de confianza por parte del tipo que se mostraba sin temor detrás del cristal acorazado. Intentó poner voz de tipo duro y le ordenó salir mientras tomaba por la fuerza a una joven que andaba agachada por allí.

No pensaba hacerle nada, pero tampoco quería que la situación se pusiera mucho más complicada. Cuando al fin vio salir al cajero y asió con fuerza la bolsa del dinero, disparó al aire para descargar toda la tensión y se marchó por la puerta intentando disimular una discrección imposible.

Salió a la calle y se arrancó la máscara al tiempo que corría en direción a su coche. Mientras huía, y escuchaba la sirenas de la policía sonar a lo lejos, pensaba en lo dulce que resultaba el sabor de la venganza. Tal y como le habían dicho.

Hacía unos meses era un empleado ejemplar, un director de sucursal sin sobresaltos, un padre de familia íntegro y un ciudadano a imitar. Ahora era un tipo en paro, despedido por un trepa sin escrúpulos y buscando en la misera un lugar para sus hijos.

No había hecho si no llevarse lo que era suyo y, de paso, dejar constancia de que aquel lugar era menos seguro ahora que no estaba él.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El viejo escritorio del abuelo

El anticuario me observó con esa cara de pocos amigos que únicamente gastan aquellos que tienen una esquirla en el recuerdo mientras observaba la fotografía que le había sacado al viejo escritorio del abuelo.

Hacía dos meses que papá había dejado en él su particular nota de suicidio. Fue cuando supo que yo no era hijo suyo. Mi madre, avergonzada por los pecados de su juventud me había confesado quien era mi verdadero padre.

El escritorio ya no estaba en casa y yo quería creer en maleficios. Me acerqué a la tienda del anticuario y, además de un camión de mudanzas, encontré una nota escrita a bolígrafo pegada en la puerta: “Cerrado por defunción”.

Los operarios traían los muebles de la casa del anticuario para ampliar la exposición. Una mujer de luto les indicaba y los chicos dejaron sobre la acera el viejo escritorio del abuelo. Entonces sonó el teléfono móvil. Era mi madre.
- Tu padre ha muerto. Dicen que se ha suicidado.
- Lo sé. – Contesté mientras observaba el escritorio con satisfacción y me preguntaba cuándo tendría yo aquella cara de pocos amigos que únicamente gastan aquellos que tienen una esquirla en el recuerdo.

Entonces regresaría allí para recuperar lo que era mío.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El sabor de la victoria

Desconocía cual era el sabor de la derrota. Durante meses, incluso años, llevaba devorando labios, saboreando lenguas ajenas al ritmo que le imponía su animada testosterona. Era un tipo moderno con aires de toda la vida. Pelo engominado, camisa impecable y labios carnosos con los que conquistar mil ciento un corazones. Llevaba escrupulosamente la cuenta anotada en una vieja libreta de andar por casa.

Supo de su próxima conquista por la tierna mirada que le dedicaron. Eran dos mujeres, una muy guapa y la otra aún más. Se bastaba solo para tenerlas, para amarlas y para hacerlas recordar el olor de su carne. Bastaron dos frases, un beso repartido y una promesa que nunca cumpliría.

Otras dos más, y ya iban mil ciento tres. Creyó que seguiría sumando hasta que la vio por primera vez en su camino de regreso a casa. Los primeros rayos del alba despuntaban sobre una ciudad a medio cocinar, no hacía frío como para buscar abrigo pero tampoco demasiado calor como para caminar bajo los alzados que prometían una incierta sombra. Cruzaron una mirada y creyó verla sonreir. Él no dijo nada, ni siquiera pudo balbucear un par de incoherencias. No tardó en darse cuenta de que hasta aquel día no había sido más que un pelele del destino.

Desde entonces cruza aquella calle a diario y a la misma hora, no se le conoce una nueva conquista y su corazón no se confirma con pequeñas batallas. Desconocía el sabor de la derrota pero sabía, también, que hasta que no besara aquellos labios de tacón alto no sabría realmente a qué sabe la victoria.

domingo, 24 de octubre de 2010

Confusión

Aquel era el cuarto día consecutivo en el que se había levantado con ganas de morirse. No sabía bien por qué pero de un tiempo a aquella parte había perdido todas las ilusiones. Un trabajo mal remunerado, una soledad demasiado sencilla, una vida monótona, un cúmulo de circunstancias.

Desde que había sentido en su corazón la desazón del desencanto, se había habituado a bajar al parque con menos esperanza que entusiasmo. Le gustaba ver los patos beber en el estanque y comprobar como las palomas se disputaban un mendrugo de pan. Ellos tenían un motivo, una gota de agua, una miga perdida, por la que disputarse un pedazo de orgullo. Él no tenía nada. Quizá necesitase tratamiento, quizá estuviese mucho mejor internado en el lugar donde los sueños son simplemente poesía maldita.

Tardó un tiempo en percibir la avalancha de excursionistas que, en fila india y con los ojos perdidos en algún punto de su horizonte mental, se acompañaban unos a otros cogidos de la mano. No eran demasiado jóvenes ni demasiado viejos, ni demasiado tristes ni demasiado alegres, ni demasiado emprededores ni demasiado conformistas. Eran personas sencillas, con la mirada melancólica y la razón de existir guardada en algún cajón. Más o menos como él.

Fue por ello que decidió unirse al grupo y subir a aquel autobús mientras seguía las indicaciones de un tipo vestido con una bata blanca y un rictus de condenada paciencia bajo las arrugas de los ojos. Encontró un asiento libre en la parte trasera y susurró, por lo bajini, las incomprensibles canciones que algunos de sus compañeros de excursión tarareaban en voz baja. Cuando llegaron a su destino observó como algunos de ellos cambiaron el gesto hacia un rictus de dolor inconcebible. Leyó el rótulo de "Hospital mental" y quiso salir corriendo. Pero solo encontró la mano firme del tipo de la bata blanca.
- A la fila.
- Pero si yo no estoy loco. - Suplicó.

Sintió aquella mirada aterradora y aquella voz grave que sabía dejar a los pacientes como un témpano de hielo.
- Claro, ni tú, ni ninguno de tus compañeros.

Escuchó risas. Escuchó llantos. Escuchó burlas. Escuchó lamentos. Se escuchó a sí mismo durante muchos años. Tantos, que incluso llegó el día en el que se cansó de escucharse. Encontró el vacío y vivió inmerso en él hasta que la cordura dijo basta. Fue un proceso largo, le dio tiempo a pensar, a olvidar, a llorar, a arrepentirse y, sobre todo, a valorar lo que nunca más volvería a tener.

lunes, 18 de octubre de 2010

De refilón

Arreciaba la noche cuando escuchó, en la lejanía, las primeras sirenas de la policía. No creía estar muy segura pero si había algo que había agudizado tras tres meses de soledad y silencio, era el oído. Tras la baja rendija de la puerta de chapa por la que le tiraban la comida una vez al día, podía escuchar, cada vez con más nitidez, las palabras huecas de sus secuestradores. Sabía lo que planeaban y sabía que aquella iba a ser su última noche con vida si su abuelo seguía resistiéndose a la petición de rescate.

Siempre había confiado en la destreza y la astucia de su padre para intuir la solución a los casos más difíciles. Brillantemente licenciado en derecho y estadística, se había casado con la rica heredera de un imperio de dulces de chocolate. Era por eso que los mejores recuerdos de su infancia estaban ligados a aquel dulce de color oscuro que nunca faltó en su casa de campo.

El divorcio la había dejado trastornada. Su padre, atrás un brillante abogado y ahora un alcohólico de poca monta, había llegado una noche borracho a casa y se había encontrado las maletas en la puerta. Ella había seguido visitándole a menudo, buscando un beso, una palabra y un buen programa de televisión que ver junto a él acurrucada en el sillón de la vieja pensión que había podido permitirse.

Llevaba meses muy apagada, justo el tiempo que llevaba su padre sin dar una señal de vida. Contaba la casera que aquel inquilino gruñón era como aquellos tipos de una mala película que se marchaban a por tabaco para no regresar jamás. Pero ella no había creído nada de eso. Fue un día al regresar de casa desde la universidad cuando dos tipos la había metido a la fuerza en el interior de una mugrienta furgoneta blanca.

Llevaba tantas semanas encerrada como para perder la cuenta de los días. Caminando sobre la cuerda floja de la locura aprendió a jugar con el pensamiento. Unas vacaciones con su padre, una brillante carrera como abogada y un esposo al que cuidar mucho más de lo que su madre había hecho con el suyo. Aquellos eran sus planes de futuro pago de rescate mediante.

Escuchó un golpe brutal y un par de disparos que venían de la habitación contigua. Un tipo ataviado con un traje azul oscuro y un casco de protección sobre la cabeza le tendió la mano y la abrazó con fuerza. La puerta había quedado entreabierta y los policías se llevaban a los secuestradores, uno a uno, esposados un cabizbajos. Quizá no lo había visto bien y por eso tuvo que pestañear, pero hubiese jurado ver entre ellos a su padre, solamente de refilón.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Cinco sentidos

No podía ver nada. Durante un minuto su visión se transformó en niebla espesa, el claro fue dando lugar a lo oscuro y las luces se convirtieron en sombra. Pestañeó un segundo y quiso creer que allí estaba el milagro, a punto de producirse, más no vio nada que no fuese un pensamiento, un deseo, un sueño a punto de cumplirse.

No podía escuchar nada. Durante un minuto su oído se convirtió en un silencio inquietante, quizá un zumbido transparente, quizá una sordera provocada por la intensidad. Quiso prestar atención más solamente un tic tac apareció bajo su pecho, apenas perceptible, apenas esclarecedor.

No podía oler nada. Durante un minuto su olfato se convirtió en acero pulido, frío, inapetente, estremecedor. Había aire, más no había sentimiento. Había vaho, más no había nada que empañar. Quiso alcanzar el olor de la vida y solamente apareció el aroma de un esfuerzo que parecía no tener fin.

No podía saborear nada. Durante un minuto su lengua se secó hasta el extremo de no volverse ni siquiera de paja. Echó de menos aquel sabor amargo del esfuerzo, de la hiel acumulada sobre la garganta, de la saliva resecada bajo el paladar. Masticó algo invisible y no sintió nada, más quiso apretar los dientes y lo hizo sin cuidado, chascando el marfil, desgastando el esmalte.

No podía sentir nada. Durante un minuto su cuerpo se paralizó pese al esfuerzo. Quiso y pudo aprentar pero ni quiso ni pudo sentir el dolor que la conectaba al momento que estaba viviendo. Era pura vida y al mismo tiempo era pura muerte porque no podía sentir nada. Ni siquiera las lágrimas, ni siquiera el aire que salía desde su boca en busca de un lugar donde la comprensión fuese pan nuestro de cada día.

Y entonces ocurrió. Pudo ver unos ojos llenos de vida que la miraban sin cesar, pudo escuchar un llanto celestial que le rogaba un abrazo, pudo oler el aroma de una vida recién llegada que nacía desde la nariz y llegaba hasta el alma, pudo paladear el sabor de los sueños cumplidos, pudo sentir el tacto de su hijo recién nacio y supo que los milagros y los sueños son parte inescrutable de la vida.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Un número de cuatro cifras

Aparcó su desconchado coche de segunda mano encima de la primera acera que encontró libre y de dirigió hacia su casa no sin antes maldecir al sargento Martínez por la venta que le había realizado. Martínez era un caradura de poca monta y muchas ínfulas que, en sus ratos libres, se dedicaba a vender coches usados con la premisa de una ocasión que en realidad no era tal. Grabó el número de la matrícula en la mente para llamar al seguro y se perdió en la síntasis del último caso que le estaba comiendo la vida.

Ocho muertos, ocho vecinos de su mismo barrio, ocho ataques al corazón y ninguna pista que llevase a clarificar que había una mano negra detrás de tanta penumbra. Repasó mentalmente el caso y se detuvo, uno a uno, en los números de las cuentas bancarias de cada uno de los fallecidos. Eran tipos que, como él, jugaban a ser un héroe de vida inventada mientras lamían los excrementos verbales de sus jefes en su desgraciada vida real.

Había una coincidencia. Ocho transferencias a un mismo número de cuenta. Repasó los números y los apuntó en su libreta de los casos pendientes. Le querían sonar aquellas cifras más solamente podía recordar el día que estrechó la mano del sargento Martínez por penúltima vez. Había sido hacía dos días, después de acordar la venta de un cacharro de más de doscientos mil kilómetros por el módico precio de mil doscientos euros. Rebuscó en sus cajones y encontró su libreta bancaria. Allí estaba aquel número de diez dígitos que, como en los casos anteriores, se repetía por última vez al final de cada apunte bancario. El número de la cuenta de Martínez. El mismo tipo que le había sugerido una compra, el mismo que le había ofrecido un coche, el mismo que, por ademanes de la casualidad, se había enterado de que el divorcio le había dejado sin mujer a la que amar, sin hijos a los que educar, sin techo bajo el que vivir y sin vehículo en el que viajar.

Apuntó las ocho matrículas después de encontrar el inventario de pertenencias en el informe que le había redactado la cabo Arganguren. 0876, 0934, 1235, 0033, 1598, 2001, 0365 y 0007. Números de cuatro cifras, todos seguidos de tres letras. Coches de segunda mano olvidados en un desguace, un depósito o una cuneta. Repasó los datos del último fallecido. Había muerto aquella misma mañana una semana después de comprar el coche de Martínez. El segundo lo había hecho justo un año después. Una semana, un año, 0007, 0365.

Corrió hacia la cocina buscando el frescor de un vaso de agua y descansó durante un instante apoyado en la encimera de estraza mientras intentaba poner en orden aquellas impresiones. Calculó los días del tipo cuya matrícula era 0033 y comprobó, excitado, que había muerto exactamente treinta y tres días después de haber comprado el coche a Martínez. Siguió calculando y dio con la solución, el resto coincidían exactamente en número con la cifra de su matrícula; habían muerto ochocientos setenta y seis, novecientos treinta y cuatro, mil doscientos treinta y cinco, mil quinientos noventa y ocho y dosmil un días después de haber adquirido el coche.

No sabía qué especie de poderes eran los que tenía Martínez más no estaba dispuesto a permitir que aquel tipo vendiese un solo coche más. Descolgó el teléfono para informar a su superior pero se acordó de que tenía pendiente una llamada al seguro. Marcó en el teclado y recordó el número de cuatro cifras de su matrícula que había memorizado un par de horas antes. 0001. Clavó la vista en el techo y sintió como su corazón explotaba en el mismo momento que la señorita de la aseguradora preguntaba por su interlocutor y no recibía respuesta.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Juguete roto

La vieja cinta de vídeo volvía una y otra vez al mismo lugar de origen. En la pantalla, los defectos del uso hacían crepitar la imagen y un ruido blanco parecido al de los discos de vinilo se interponía entre los diálogos y la falta de atención. Hacía meses que miraba sin ver, que oía sin escuchar y que temblaba sin sentir. Junto a su brazo, una oxidada aguja se enganchaba a una jeringuilla manchada de sangre y pus. Permaneció tumbado con los ojos en blanco, la mente perdida y el recuerdo en un punto muerto. Demasiado tiempo atrás había sido alguien; una joven promesa a punto de explotar, un iniciado en las artes del drama, un actor de películas infantiles que una vez hizo reir y al día siguiente hizo llorar. Un don nadie en busca de su último papel antes de marcharse tan solo como había llegado. Clavó la aguja una vez más y se divisó en la pantalla del viejo televisor que había robado de la casa de su abuela. Allí estaba él, las manos en la cabeza, los ojos vivos y la garganta presa a soltar una frase para la inmortalidad.

La inmortalidad ya no existía y el éxito tampoco. Todo era tan efímero que intentó volver a rebobinar la cinta y jugar consigo mismo a volver a ser alguien. No pudo ser, la heroína invadió sus venas y sus ojos volvieron a quedar en blanco. Esta vez para siempre. Al menos volvería a ser noticia una vez más.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Páginas de muerte

Llevaba tanto tiempo escuchando mentiras que le resultaba difícil dar credibilidad a las leyendas urbanas. Durante los últimos meses habían muerto más de quince personas en circunstancias extrañas y durante las últimas semanas se había disparado el rumor de un libro cuya última página provocaba un paro cardiaco. Así de tormentoso. Solamente había que terminar de leer la historia para pedir pasaporte camino del otro barrio.

Como investigador privado había visto demasiadas cosas como para dudar un ápice de cualquier historia, otra cosa era refutar la veracidad de las palabras. Hubo un tipo que le contó que él tuvo el libro en las manos y lo perdió a mitad de lectura. Desde entonces acudía al psiquiatra con cada vez más frecuencia y sufría delirios con crisis de ansiedad. Necesitaba terminar de leerlo y aseguraba haberlo dejado, como cada noche, en el canto de su mesilla.

Los muertos tenían un síntoma común y es que todos presentaban un rictus de felicidad y una dilatación extrema de las pupilas. Parecía como si morir de aquella manera satisfaciese todos sus deseos.

Había encontrado un libro en una redada en el barrio chino después de un fiable chivatazo durante una noche de tormenta. Antes de buscar el sueño empezó a hojearlo y antes de cerciorarse de que había sido víctima de su propia vanidad ya había quedado atrapado por aquella historia sin fin. Mojó la punta de su dedo índice con la lengua para buscar la última página y sintió como una agradable sinfonía tocaba tambores de muerte dentro de sus oídos. Fue leer el último punto y notar como el corazón hacía estragos dentro de su pecho. Un apretón de válvulas, una tensión extrema, una explosión de vida, un viaje hacia la muerte.

Efectivamente, había encontrado el libro del que le habían hablado. Llevaba tanto tiempo escuchando verdades que por fin consiguió dar credibilidad a las leyendas urbanas.